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Archive for 29 noviembre 2017

La mitad del encuadre es la noche con la luna en lo alto; la otra mitad son nubes sobre unas montañas nevadas y, en primer término, antes de que la noche se apodere de la profundidad del paisaje, está Hernández, el pueblo de Nuevo México; pequeño, lleno de cruces en el lado del cementerio, con la iglesia, edificio grande, junto a las casitas con huertos. La vastedad de Dios y la necesidad del hombre de darle un sentido a la vida. Los paisajes en su unión con la belleza del espacio y del tiempo.

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El filósofo de los callejones

1
¿Díme tú, dolor ̶ preguntaba aquel filósofo de los callejones suburbiales
sentado tras una plancha de cartón̶ si ahora que voy tan pobre y sin refugio
y con los ojos viejos como el color del cielo
no es tiempo ya que te olvides de mí?

¿Dime tú, que eres la única forma de conciencia
por la que pienso las cosas, si no es inútil habitar este frío,
si no es inútil huir constantemente de lo que creo que soy
o que no soy, acaso aquello de lo que sea un estado
de mi propia muerte o una forma distinta de vivir?

En el cartón había escrito la historia de su vida con inverosímiles
incorrecciones ortográficas y dejaba adivinar
lo permeable de las fronteras entre ser y dejar de ser.
Las tiendas estaban dormidas, las gentes rodaban de las franquicias
de comida rápida a los bazares de diversión oliendo a tierra húmeda.
Una franja de nubes atravesaba el parpadeo de los semáforos en ámbar
a una velocidad ilegal.

2
Otros días se ganaba unas monedas predicando a la puerta de los restaurantes
y de los centros de estética el esoterismo de una vida feliz:
̶ Cuando sigues el curso de la vida ̶ aconsejaba̶
alimentarse es un acto espiritual:
son pastillas de proteínas, pastillas de carbohidratos,
pastillas de fibras naturales, pastillas de ácido fólico
y vitaminas C y E,
ni sal, ni grasas, ni azúcar,
sólo meditaciones, búsqueda interior, serenidad.
Cuando sigues el curso de la vida
es decisivo el rejuvenecimiento celular,
la absorción de oxígeno, el prodigio
de los extractos vegetales. Una mente limpia,
la escucha de la música del corazón.
Y la gente, tan ávida de nuevos visionarios,
de nuevas mitologías, de modernos soñadores
encontraba sensato el mensaje de sus palabras.

Pero no era ni un filósofo existencialista,
ni un profeta de la vida sana.
Nadie sabía quién era, ni por qué representaba aquello:
aquellas metamorfosis interiores, aquellos cambios
de personalidad, aquella conciencia huidas
que es todo y nada al mismo tiempo,
el sueño de todo que nadie soñaba.
Después se sentaba junto a jóvenes ociosos
a beber whisky en vasos de papel,
y el alcohol aullaba en sus venas
como una ambulancia en una calle tranquila.
Tal vez buscaba más allá
de los rituales humanos carentes de algún juicio
unas formas acabadas y perfectas de existencia.
Y su yo no le servía.
¿Acaso, se decía a sí mismo, no soy yo la trampa
que voy creando al vivir?
¿Acaso no huyo de mi nombre, de cualquier
nombre, por las aceras de este suburbio
y vago por estos callejones,
que aman las drogas y la muerte,
para no saber de mí?

3
Olvidaba el malestar consigo mismo
olvidando el pensamiento, las dimensiones enfermas de su alma
dándose una nueva oportunidad de estar allí,
de seguir celebrando aquel estado en que las cosas
más corrientes no se convertían en terribles metáforas,
en que las cosas y los seres no eran ya sus enemigos.

Tenía miedo de él, de lo que se escondía
dentro de él, y le aterraba la muerte.

Y aquella noche el frío y la codicia de los hielos
le recordaron toda su fragilidad.
Miró las palomas en las desnudas ramas de las acacias
como jirones de ropa vieja. Anduvo sin rumbo
y se refugió en cualquier sitio,
tal vez sólo el calor de su respiración.
En las oscuridades últimas de la noche, cuando la nieve
había ocultado ya la extensión de las aceras y el viento se reía
entre las elevadas estructuras de apartamentos con humorísticas carcajadas,
encontró una solo idea que le dio paz, sencilla como él,
algo que le reconciliaba.
Y entre sus labios se dijo, como un susurro:
yo soy sólo una sombra
que pide humildemente limosna a otras sombras
y que al extender la mano con temblor
(la misma mano con que a veces
reconozco las formas de mi rostro,
con que doy de comer a los gorriones callejeros
y les construyo casitas de madera,
con que me guío, antes de dormirme, en la lectura
de los aforismos de Marco Aurelio)
encuentro toda la claridad del mundo.

Diego Doncel

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El gran escenario

El gran escenario invernal durante la tormenta. Una obra de Shakespeare es representada en plena naturaleza. Cientos de árboles en primer plano. La nevada copiosa, las nubes rodeando los riscos, las ramas blanquecinas, la cascada de agua, el cielo amenazador. Otelo, Macbeth y el teatro japones dispuestos a ser mostrados con todo su dramatismo por los actores del valle de Yosemite cuando sufre las iras del tiempo.

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Deben ser así los dominios de la muerte
como esta casa abandonada, fuera de la ciudad,
y como en ella debe crecer la niebla
húmeda y oscura junto al jardín
en ruinas, y una noche sin tiempo
ir dejando su moho de lepra
en las paredes. Oler a polvo y hojas
corrompidas, a excrementos humanos
entre la tierra negra cuando abre el portón
y empiece el cuerpo a caminar su frío,
y la humedad a hozar sobre la carne
y a convertirla en sombra. Sólo sombras
debe haber, iguales a la vida, en los dominios
de la muerte, sombras o nada, ni conciencia
ni tiempo, presencia dura de la tierra
que a todo ser y a toda muerte sobrevive.
Y debe estar el cielo tan negro como ahora
y desierto ir el aire por las sórdidas nubes
que ensucian las estrellas…

Diego Doncel (Malpartida de Cáceres)

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Sombras en el agua

Descubrimos por casualidad formas extrañas propiciadas por la luz de la noche cuando la tierra ha entrado en el sueño. Una llamarada caprichosa de hielo surgiendo del lago. No sabemos si es el deshielo o son las sombras las que crean las figuras. El hombre todo lo coloniza con su mirada. Hasta los lugares más apartados y solitarios provocan en él simpatía y atracción. Lo que no puede habitar permanentemente, por la distancia o el difícil acceso, se lo apropia como lugar bello o de recreo. La naturaleza es el museo al aire libre más prodigioso que existe.

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La luminosidad de los múltiples chorros de agua caliente que caen sobre la piedra helada. El contraste de temperatura que provoca el vapor de agua y los distintos tonos de la luz filtrada a través de los hilos de agua. Es una cascada de juguete. Si te dejas llevar por la imaginación podrías ver el salto de algún gran río o un lago superpuesto. Abajo, el lecho algodonoso, lácteo, del agua que se enfría. La piedra porosa, en la superficie, da el aspecto de una fresa oscura. Lo natural, en su estado más puro, se deja penetrar por la belleza. Un mundo en miniatura, iluminado por la inclinación de la luz. La naturaleza y la ausencia del hombre, tan hermosa como, otras veces, se muestra temible. En otro lugar del parque, el agua no llega al suelo, cae por la pendiente y se hace hielo, con formas tan caprichosas como irreales. Del blanco pasa a la transparencia; de las formas curvas se prolonga como cuchillos afilados debido a la gravedad. La dureza del clima, la rugosidad de la piedra erosionada y el triunfo del agua y el sol sobre la montaña.

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El agua espesa bajo el iceberg. El hielo, el carámbano, la blancura y la transparencia. Las pequeñas ondas del agua y las formas caprichosas del deshielo. La luz filtrada, su reflejo y las sombras que generan. Toda la variedad posible de dos elementos: el hidrógeno y el oxígeno, en combinación con el sol.

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