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La comadrona

La comadrona retira al recién nacido de entre las piernas de su madre. Lo coge de la espalda y de uno de sus brazos y comienza a limpiarle la sangre antes de cortar el cordón umbilical. Este acto también es de amor, sobre todo por la delicadeza con la que lo realiza. En estos momentos ellos son los protagonistas de un acontecimiento sublime, la bienvenida de un ser humano.

El médico rural limpia los ojos del niño que ha recibido la coz de un caballo cuando recogía fruta. Los dedos de sus manos prestan toda la fuerza y esmero posible. El niño está conmocionado. El médico le ofrece dedicación, profesionalidad, cura y afecto. Todas estas cualidades en un hombre delgado, conmovido y paciente. Después, el doctor toma su maletín y continúa el trabajo en otras granjas donde le hayan llamado. ¿Cobra sus honorarios en metálico o en especie? No lo sabemos y parece que a él no le importa y no vacila en llevar sus cuidados a todos sitios y lo mejor que puede. Allí está toda su vida, entre los enfermos del campo y sus familias.

La fortaleza del estibador en el mercado de abastos con el peto de trabajo y la gorra calada. Brazos musculosos, tatuados, surgiendo de una camiseta ceñida. Él mira desafiante a la cámara mientras otros compañeros, más débiles, se comportan de un modo más tímido y con mayor desgana en su puesto del gran almacén entre grandes pilas de cajas con frutas y hortalizas.

Los trabajadores del astillero descansan sobre el banco de trabajo al mediodía. Uno de ellos lee algo parecido a un periódico, o, tal vez, esté estudiando algún informe técnico. Otro obrero parece ajustar algunas piezas dentro de un mecanismo. Otros se dejan vencer por el sueño y dormitan exhaustos antes de volver a la construcción del barco.

El obrero metalúrgico detrás de sus gafas protectoras; tan grandes y antinaturales que parece un muñeco futurista, un ser monstruoso, un robot del trabajo. Guantes y abrigos resistentes a las altas temperaturas. Su mirada no puede verse, aunque sí la tensión, el esfuerzo y el cuidado necesarios para dominar el fuego.

No les ha dado tiempo a lavarse. Son tres miembros de una misma familia. Tres generaciones tiznadas de negro. Tres mineros con los mismos ojos incandescentes, con una máscara o antifaz de carbón con el que se ganan la vida dentro del pozo. Al fondo, las casas, todas iguales, aguardando a los hombres para darles cobijo, resguardarles del frío y darles el descanso merecido.

Las mujeres vestidas de negro, el luto existencial de la posguerra. Ellas baten el trigo después de haber separado el grano de la paja. Una lo levanta en el aire; las otras dos, más jóvenes, se lo acercan con escobas. El sol, las caras bronceadas, la necesidad. El autoabastecimiento salvador de las zonas rurales en las épocas del hambre.