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Distancias

Las cabinas telefónicas psicodélicas y ondulantes de la gran estación de paso, las personas que hablan desde ellas y no se les ve el rostro, sólo las piernas. La comunicación y la incomunicación, la cercanía con los que están lejos y la distancia con los que están al lado.

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Debajo del Pequeño Puente del Sena, las torres simétricas de Nôtre Dame y el paseo fluvial. Sin embargo, lo más llamativo del lugar no es el encuadre arquitectónico sino la pareja de amantes que se besa en un recodo del puente y es lo que le da grandeza a todo lo demás, incluso al monstruo diablesco asomado al campanario que le saca la lengua a la ciudad.

No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti

Quién iba a prever que el amor, ese informal
se dedicara a ellos tan formales

mientras almorzaban por primera vez
ella muy lenta y él no tanto
y hablaban con sospechosa objetividad
de grandes temas en dos volúmenes
su sonrisa, la de ella,
era como un augurio o una fábula
su mirada, la de él, tomaba nota
de cómo eran sus ojos, los de ella,
pero sus palabras, las de él,
no se enteraban de esa dulce encuesta

como siempre o como casi siempre
la política condujo a la cultura
así que por la noche concurrieron al teatro
sin tocarse una uña o un ojal
ni siquiera una hebilla o una manga
y como a la salida hacía bastante frío
y ella no tenía medias
sólo sandalias por las que asomaban
unos dedos muy blancos e indefensos
fue preciso meterse en un boliche

y ya que el mozo demoraba tanto
ellos optaron por la confidencia
extra seca y sin hielo por favor
cuando llegaron a su casa, la de ella,
ya el frío estaba en sus labios ,los de él,
de modo que ella fábula y augurio
le dio refugio y café instantáneos

una hora apenas de biografía y nostalgias
hasta que al fin sobrevino un silencio
como se sabe en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre

él probó sólo falta que me quede a dormir
y ella probó por qué no te quedas
y él no me lo digas dos veces
y ella bueno por qué no te quedas
de manera que él se quedó en principio
a besar sin usura sus pies fríos, los de ella,
después ella besó sus labios, los de él,
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

Mario Benedetti

El tiempo colgando de los edificios arruinados, de los puentes reconstruidos, de las máquinas del tren. La vida auténtica y esperanzadora, el momento de la paz recuperada y adiós al tiempo terrible de la guerra, que te amenaza y no te deja vivir.

Luces y sombras de la ciudad. Las farolas iluminan la noche y los pequeños charcos sobre los adoquines de la plaza. No hay gente, sólo un coche mal aparcado en medio de la calzada. Ya es hora de volver a casa y desaparecer para que las almas solitarias tomen su lugar y su tiempo. La lluvia hace que se difumine la luz y sólo se distinga la de las bombillas en el suelo mojado.

Desde las alturas, desde la terraza de un rascacielos, se divisan los distintos planos de los edificios y el suelo de la calle. La nieve hace de compactación y le da un tono igualitario a todas las superficies: a los arbustos, a los coches, a las motos, a las sillas, a las macetas, a las tumbonas, a las mesas. No hay soledad en este espacio vacío porque se siente la presencia del hombre en cada uno de los objetos, incluso en las barandillas que sofocan el vértigo.