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El campesino guerrillero a lomos de una mula, fumándose el puro de la victoria con la bandera revolucionaria alrededor del cuerpo, los pertrechos militares, la camisa blanca y un sombrero de ala ancha. Delante de una hacienda con grandes palmeras que ha sido requisada para la causa.

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El pintor

El pintor dirige su mirada hacia la luz y elude el objetivo de la cámara, sentado delante del cuadro y dándole la espalda, como si estuviera perdiendo el tiempo al no poder demostrar sus habilidades; cansado, descreído, a la espera de que vengan las musas y lo pongan a trabajar.

La pareja

La pareja semiabrazada en la mesa de un bar, tomándose una copita de anís, sonriente y amorosa, dispuesta a vivir una historia que se refleja en el espejo. Las miradas, el brazo tranquilo y confiado de ella sobre él, la mano protectora de él en la cintura de ella. Un momento único que vale por toda una vida.

El ojo lloroso, las pestañas pintadas, las manchas del rimel corridas. La expresividad del llanto, la mirada perdida en algún recuerdo o en un hecho reciente. La lágrima brillante es una bolita de cristal donde se vislumbra y se purifica el dolor.

El brillo de las uvas al final de la noche
como un agua estancada.

El humo, la mañana, la ciudad que se asoma
con los ojos cerrados,
amparada en el sueño, en la inocencia
suavemente fingida de los amaneceres.

El paso de las nubes sobre una paisaje inmóvil
que se va esclareciendo.

La inquietud de la savia como el roce
de la mano de un niño, como un ruido
que sube desde dentro, que amortiguan las hojas.

La luz que se refleja en la ventana y que nos hace mirar,
su pequeño destello imperceptible
sobre la santidad de la madera.

Las ramas de la acacia,
la ceniza aún caliente del espino,
el hombre que envejece sobre la misma piedra
que tú y yo colocamos
y que hemos decidido guardar para nosotros.

Es lo mismo de siempre:
el vuelo circular de las palabras
sobre todas las cosas; el trabajo,
antes de que la noche se vuelva imprescindible,
de organizar a solas, con un poco de luz,
otra vez el paisaje.

Basilio Sánchez

Ruido de Fondo

Detrás de la ventana un hombre vela
la intimidad del agua.
Llueve como al principio de los tiempos,
Como si tú y yo aún no existiéramos.

Hemos envejecido.

Los muebles, los objetos,
suspendidos aún, apenas arden
bajo nuestra mirada; sólo el ruido del agua
se eleva imperceptible ante las puertas
de esta ciudad que duerme
con luces encendidas para que nada evoque
sus sombras familiares.

En todos estos años
ha habido tantos muertos,
tanta desproporción, tanta memoria
condenada al fracaso.

Hemos envejecido,
lo supe en el momento en que empezábamos
a espaciar las palabras, a buscarnos
precipitadamente entre la multitud. Sobre la mesa,
apenas unos libros: los del agua,
que humedecen las manos destinadas al fuego;
los libros de la tierra;
los del descendimiento, los que he escrito
bajo la incertidumbre de una lámpara.

Hemos envejecido: nuestra vida
se extiende desde ahora en el sentido contrario.
¿No era ésta
la grandeza del hombre?

Las imágenes
de nuestra juventud tenían los ojos
del color de la tierra y nos miraban
con un temor profundo, como si el alimento
llevara en nuestras manos
una sombra de duda, algún indicio
de la depredación.

Ahora tengo temor a no encontrarnos,
a no hallar nuestras huellas.

¿Qué será de nosotros, quién al cabo
de unos años tan sólo podrá sobrevivir a este silencio
que ahora se prolonga, que se extiende
más allá de la duda?

Tras el fuego nocturno
La mañana era una hoguera extinguida.

Así, mientras la lluvia
se deshace en el suelo, recordamos
los rostros familiares, sus diminutos fuegos, su certeza
resistente a la noche. Lentamente
la casa recupera
nuestra antigua mirada y rescatamos,
de las pequeñas muertes, las pequeñas imágenes.

He vuelto varias veces; probablemente todo
radique simplemente en este íntimo
paisaje que regresa, con diferentes formas, a lo largo
de una única vida.

Hemos envejecido para tener memoria.

Es ésta su grandeza y su probable miseria,
este destello último
sobre los viejos rostros, la ropa abandonada,
esa ciudad que duerme
con todos sus murmullos para no olvidar nunca.

Basilio Sánchez

El arte de ser

El paso de las horas
hará girar la sombra de la acacia
sobre su mismo centro: éste es el sitio,
este lugar visible desde los corazones de los hombres.

Inmensa, frente a mí, como una imagen
surgida lentamente de una página oculta en algún texto
que no fue destruido,
la tierra del pasado, de la luz incesante,
de las dulces mujeres del espíritu.

Hay una soledad que se percibe, que se instala
suavemente en el aire y lo equilibra;
hay un silencio antiguo
que se otorga a la vez en cada ángulo,
en cada nueva hoja desprendida al azar, en cada una
de las imperfecciones que los cielos protegen
en sus oscuros límites.

Llegar, desposeernos,
dejar después que el tiempo nos vaya dando forma,
nos declare inocentes.

Basilio Sánchez