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El éxodo rural en marcha como un tren de la suciedad. Ellos no tienen nada y deben ponerse a caminar para conseguir un poco de comida. No tienen tiempo ni de limpiar el biberón improvisado con una boquilla de goma sobre una botella de refresco. El poco alimento existente debe tomarse, compartirse, apropiarse y no pueden detenerse en otras minucias como la limpieza o la propiedad, porque el hambre es ciego y beligerante.

La campesina viuda con los niños a cuestas. Ellos se sienten tan mal que no quieren mirar a la cámara. Mujer fuerte bajo la sombra de un pasado penoso, pero siempre mirando al frente, porque, pese a los harapos con los que ha cosido los vestidos de toda la familia, sabe que van a salir adelante. Puede que ahora no, puede que no sepa cómo, pero está convencida de que lo conseguirá con la fuerza de sus ojos coraje, con la energía que le dan esos hijos que se comen todo lo que ella se quita de la boca para poder sobrevivir.

La niña maltratada refleja el dolor, la suciedad y la pobreza de la Gran Depresión. La niña es discapacitada. ¿Por qué la habrán golpeado? Su mirada afronta el hecho con gran dignidad. Acostumbrada a que la maltraten de forma habitual, ella posa con una pizca de coquetería, con una sonrisa contenida entre los borrones de la cara por haberse restregado las manos sucias contra las lágrimas limpias. Dan ganas de ofrecerle un baño e ir limpiando poco a poco las heridas del labio y los pómulos ennegrecidos; entregarle ropa nueva y llevarla con alguien que la quiera. O acompañarla al cine, a la feria o a una fiesta donde ella pueda ser la protagonista.

La familia delante de la tumba del padre, de espaldas a los combates que arrecian en la ciudad. El ejército y la guerrilla, el poder o la muerte. La madre preocupada por el sonido de unos disparos cada vez más cercanos. Los niños, a la espera de que pase el peligro para poder jugar. ¿Qué clase de violencia es ésta que no deja descansar a los muertos?

El homenaje al hijo muerto. La fotografía del joven con una pistola en la mano, delante del rostro de su madre. El orgullo de la sinrazón. El que a hierro mata, a hierro muere. La lucha armada, la violencia que avanza ciega porque nadie quiere ceder un poco para ganarlo todo. El odio de generaciones sucesivas. El sufrimiento de un pueblo inteligente al que no le sirve de nada ese talento para vivir en paz.

La mujer saliendo entre los cascotes de lo que un día fue su casa. Parece mentira que permanezcan en pie dos paredes troceadas y el marco de una puerta. Los buldozers del ejército ocasionando los mismos daños que otros hombres infringieron a sus padres. Con razón o sin ella, por represalia o por protección. El hombre dividido en razas, cuarteado como los muros de las casas por la guerra, sin asumir todavía que todos forman parte de la misma humanidad.

Niños con las piernas raquíticas en los brazos de sus madres, mujeres hermosas que se acercan a las tiendas donde se recogen las ayudas, la cura en los hospitales de campaña, el personal humanitario repartiendo la comida a niños desnutridos de cabezas desproporcionadas. Las enfermeras les lavan el cuerpo y, al mismo tiempo de salvarles la vida, les dan el amor de unos padres desaparecidos en una guerra de la que ellos no tienen la culpa.