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Posts Tagged ‘Cuentos’

La manilla

Era su sonido, esa inminencia, ese amago de la puerta cerrada que se iba a abrir de un momento a otro lo que me ponía más nervioso. De repente, cuando yo estaba leyendo tan tranquilo, crujía su mecanismo y, al echarle una ojeada rápida, creía advertir el movimiento de la manilla hacía arriba, a su posición inicial. Entonces, como soy impresionable por naturaleza, me quedaba quieto hasta que, poco a poco, me armaba de valor y, con decisión, como en un impulso, abría la puerta y observaba con alivio que no había nadie en aquel pasillo largo y desangelado de mi casa.
Y así pasaba algunas noches, en ese juego de acechos y desconfianzas, hasta que me quedaba dormido en el sillón de puro cansancio y, cuando despertaba, descubría inquieto que la puerta estaba abierta.
José Sánchez Rincón

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El ausente

Cuando me casé con Ángela, yo conocía su relación con Carlos y lo de su desgraciado accidente. Al principio no le di importancia a que ella quisiera ponerle su nombre a nuestro hijo, Carlos era un nombre tan bonito como otro cualquiera. Después vinieron las invitaciones de Ángela a la que fue su suegra para que viniera a casa a tomar café y hablar de lo agradable y atento que era Carlos, mientras yo prefería irme a la terraza de la cocina con la excusa de fumar un cigarro o marcharme a la calle por alguna obligación inventada con tal de no oír sus excesivas muestras de afecto hacia él. Empecé a preocuparme cuando Ángela llamaba a sus amigas de antes y a sus maridos y disfrutaban de tardes enteras recordando a Carlos, sus chistes, lo gracioso que se vestía en cualquier ocasión y hasta traían fotos antiguas y vídeos para comentarlos hasta las lágrimas. Pensé que todo esto sería pasajero y aguanté lo que pude cuando Ángela gritaba el nombre de Carlos en los momentos culminantes al hacer el amor o cuando yo tenía que realizar alguna chapuza casera y me enteraba de lo habilidoso que era él para esas cosas o, si íbamos a algún sitio de vacaciones, lo bien que organizaba él los viajes y cuánto lo quería la gente. Por eso hice de la habitación de invitados mi refugio habitual y, a veces, me descubría a mí mismo dando vueltas solo por el pasillo pensando en lo buen tipo que era Carlos y lo mucho que lo echábamos de menos.
José Sánchez Rincón

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La montaña

El niño empezó a trepar por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.
-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.
Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
-¡Papá, papá!
El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.
Enrique Anderson Imbert
Leído en el blog de narrativa breve de Fran Rodríguez.

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Veritas odium parit

Traedme el caballo más veloz, pidió el hombre honrado. Acabo de decirle la verdad al rey.

Marco Denevi

Este es uno de los cuentos cortos más auténticos. No se puede decir más con menos.

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Tragedia

María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.

Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.

Pero la parte que ella casó era su parte que se llama María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.

Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.

¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?

Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.

Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.

 Vicente Huidobro

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Rodolfo Walsh

Estoy leyendo los cuentos completos de este autor argentino perseguido y asesinado por la dictadura militar. Lo primero que se aprecia es la claridad de la escritura, la elegancia de las frases, las palabras precisas, sin rimbombancia pero tampoco en un lenguaje demasiado coloquial. Por otra parte, también es apreciable la buena construcción de los cuentos: su planteamiento, desarrollo y desenlace. Independientemente de que te gusten más o menos, es agradable leer unos relatos llenos de eso que algunos llaman calidad de página.

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Rememoración final

Supo de inmediato que el paracaídas no se le abriría. Pero, debido a la mucha altura, todavía tardaría varios minutos en estrellarse contra el suelo. Era tan joven que tenía muy poco que rememorar de su vida pasada mientras se dolía por la pérdida de aquella otra que ya no iba  a conocer. En su mente se produjo entonces una súbita aceleración. No tenía novia, pero conoció a una chica en la piscina y se casó con ella.

Tuvieron dos hijos. El mayor se hizo militar como él. El menor, cosa sorprendente, guionista de televisión, y no le fue mal. Sus nietos, sólo dos, se llamaron Daniel y Adela, nombres que no tenían tradición en su familia. Sólo sentía la pena de no vivir lo suficiente como para asistir a la boda de su nieta, aunque, por viejo, se había acostumbrado a la muerte como un animal de compañía. Y él, cuando su cuerpo se rompió contra el suelo, ya había superado los ochenta y tres años de vida.

Juan Pedro Aparicio

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