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Pizpiretas

He tomado el autobús esta mañana en la puerta del colegio. Me bajé en el centro de la ciudad y lo recorrí de una punta a otra durante una hora para hacer unas gestiones y pagar unas facturas. Cuando subí de nuevo a él, me dije que tanta prisa no había sido buena. Entonces sentí unas ganas punzantes de orinar, pero ya no había remedio. Me acomodé en el asiento, cerré los ojos y los froté con los dedos para disolver la nebulosa que me había dejado el despertar prematuro en la madrugada. En ese momento, como si el conductor se hubiera dado cuenta de mis urgencias, arrancó el autobús y puso fin al temblor gangoso de la maquinaria. Al poco tiempo, tuvimos que detenernos en un semáforo. D., el cocinero del colegio, salía de un centro de salud dándole el brazo a un viejo achacoso de bigote fino y con la misma apostura de este compañero que llega algunas mañanas a la cocina cantando y sin haberse acostado, que fuma tres paquetes de rubio al día y dice conservarse en alcohol como un fósil de carne y hueso. El carácter lo ha perdido entre las cazuelas y los tugurios, pero conserva el buen talante de los que saben beber. A mitad de la avenida de circunvalación, el conductor cambia de carril bruscamente. De la marquesina de una parada aparecen dos niñas de uniforme que hacen señas con los brazos abiertos para que el autobús se detenga. Ya es demasiado tarde. Quinientos metros más allá el tráfico se espesa y se vuelve lento, nos detenemos y llegan corriendo las dos crías de diez años. Suben sofocadas y refunfuñan al conductor. Luego se sientan tan contentas y no paran de reír en todo el camino. Cruzamos la ciudad, circulamos por las rotondas, subimos el puente sobre la vía del tren y descendemos hacia el poblado minero. Una de las dos pizpiretas se baja en la primera parada. Antes de apearse, tiene tiempo de reprender por última vez al conductor, que las dejó tiradas en el camino conociéndolas de todos los días. Al cruzar la acera, se vuelve. La otra muchacha le sonríe y levanta el pulgar en señal de cariñosa victoria.

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Día de difuntos de un año cualquiera, la gente se agolpa a las puertas del camposanto como si de una fiesta se tratara. Cuando los actos se institucionalizan pierden su valor. Imposible penetrar con recogimiento en este tumulto de personas moviéndose. Dos semanas más tarde, llueve a mares sobre la explanada de cipreses. Los paraguas no pueden realizar bien su labor. Tengo cierta idea de donde se encuentran los nichos de mis abuelos. Peino el patio, incluso la calle, pero el agua que nos empapa la ropa no nos deja mirar con acierto. Un compañero de trabajo se nos ha ido de repente, casi sin decir adiós. Un ¡ay!, las manos al corazón y un vacío desconcertante. Parece como si nos acompañara todavía a tomar café con su bata azul y su sensatez. Aprovecho para visitar su tumba, ¡perdón!, el nicho, la celda perpetua donde descansa su cuerpo sin vida. Ya no hay la costumbre de poner el nombre individual a la losa. “Familia Tal”, “Familia Cual”; así no hay forma de acordarse de las personas. Una oración por los abuelos, pasar la mano por su lápida y un beso de despedida. Como no sé dónde habrán enterrado a mi amigo, doblo la esquina para preguntar a unos operarios que reponen un mármol caído. Ellos no saben. La única oportunidad que nos queda es buscar en las últimas galerías. Atrás quedan los panteones familiares: arquitectónicos, vetustos, sobrados de ornamentos. Mercedes me llama para enseñarme el original recuerdo de un gitano. Al lado de su foto, de sus veinticinco años, una guitarra de granito le acompañará para siempre. ¡Cuántos ramos de flores, cuántos recuerdos, cuánto se quiere la gente! La última edificación se levanta sobre un altillo. Miguel Ángel se mueve ajeno al lugar. Salta, grita alegre y debemos acallarlo. Allí se encuentran los nichos vacíos y las flores más recientes, pero allí no está mi compañero. Una pareja mueve la plataforma portátil para llegar al piso más alto. La mujer, joven y de negro, arregla con delicadeza lo que parece un santuario. Mientras la observo, se da la vuelta y me mira con ojos inconsolables. Siento hasta el alma su llanto contenido. Jamás me habían trasmitido tanto dolor con una mirada. Un rato después, Mercedes me lo explica. Era un niño. “Daniel, quererte fue fácil. Olvidarte, imposible.”

Naufragios

Un escritor impedido pasó la última parte de su existencia navegando en un colchón sobre un océano de libros. El cansancio acumulado, la postración, el insomnio. Dicen los viejos del lugar que al inventor de la cama habría que hacerle un monumento. Me llega el sonido de un violín. Imagino que es la banda sonora de una gran película: La Lista de Schindler, Doctor Zhivago, El Cazador…, pero solo es la música de un documental en la televisión. Me he sentado, como siempre, en la mesa del fondo del bar Nieves. Me gustaría pensar que es un gran café de escritores, como el Gijón o el Metropol, pero no es más que el bar de la esquina. Hay que bajar el nivel de ensoñaciones a lo cotidiano. El papel de tela donde escribo parece un lienzo, el chelo donde rasgueo los lamentos de la calle, la cámara fotográfica donde plasmo mi mirada en blanco y negro. Cuando zozobra el día, la noche advierte y amonesta. Hay que abrazarse fuerte al camastro donde se restañan las heridas; las de amor también. Muchos escritos son deudores de la noche, pero ni la noche más hermosa puede suavizar un naufragio.

Es una novela de Benedicto Palacios publicada en la editorial Cuatro Hojas, redactada con una prosa llena de gracia y humor, con un léxico cervantino y grandes personajes de todo tipo que conforman la historia del paso de Carlos V por Valbadía hacia su retiro en Yuste. Tránsito que fue dejando apócrifos a lo largo del tiempo en las referencias que se hacían sobre ese hecho y, también, sobre los hijos rubios que su séquito iba dejando por los pueblos donde pernoctaban.

No nos reconocimos en la noche,
dice él,
hasta que intercambiamos
nuestras lámparas
y nos iluminamos cada uno
con el fuego del otro.

Una nobleza antigua
ha abierto nuestros ojos
y excavado en las grietas de nuestro corazón,
ha hecho aflorar la veta de lo humano
del pedernal inerte.

*****

No se pueden
abandonar del todo los lugares
en los que construimos lo que somos,
las callejas y barrios
en los que edificamos los afectos
y en donde se fundó nuestro carácter.

La ciudad es tranquila,
pero sumida siempre en la amargura
del desmoronamiento,
en la tibieza
que deja a sus espaldas el derrumbe
de los grandes imperios.

Fatigados los brillos y colores
de los viejos palacios,
lo que queda de vida
se concentra en la luz y en las palomas
encaramadas a las cúpulas
de las iglesias.

*****

Testigos silenciosos,
los cipreses y tilos permanecen
en pie junto a los restos
de las viviendas incendiadas
que se vuelcan, con su riqueza humilde,
con todos los aromas y sabores
que forjaron mi sensibilidad
sobre el río de mi infancia.

La ciudad es hermosa
porque nunca dejó de ser secreta,
nuestro río es hermoso
porque siempre discurrió hacia el misterio.

Lo único que sobrevive
a la caída en olvido de los pueblos
es la belleza de sus ruinas,
el esplendor modesto de su inmensa pobreza.

Basilio Sánchez

Los desgraciados

Ya va a venir el día; da
cuerda a tu brazo, búscate debajo
del colchón, vuelve a pararte
en tu cabeza, para andar derecho.
Ya va a venir el día, ponte el saco.
Ya va a venir el día; ten
fuerte en la mano a tu intestino grande, reflexiona,
antes de meditar, pues es horrible
cuando le cae a uno la desgracia
y se le cae a uno a fondo el diente.
Necesitas comer, pero, me digo,
no tengas pena, que no es de pobres
la pena, el sollozar junto a su tumba;
remiéndale, recuerda,
confía en tu hilo blanco, fuma, pasa lista
a tu cadena y guárdala detrás de tu retrato.
Ya va a venir el día, ponte el alma.
Ya va a venir el día; pasan,
han abierto en el hotel un ojo,
azotándolo, dándole con un espejo tuyo…
¿Tiemblas? Es el estado remoto de la frente
y la nación reciente del estómago.
Roncan aún… ¡Qué universo se lleva este ronquido!
¡Cómo quedan tus poros, enjuiciándolo!
¡Con cuántos doses ¡ay! estás tan solo!
Ya va a venir el día, ponte el sueño.
Ya va a venir el día, repito
por el órgano oral de tu silencio
y urge tomar la izquierda con el hambre
y tomar la derecha con la sed; de todos modos,
abstente de ser pobre con los ricos,
atiza
tu frío, porque en él se integra mi calor, amada víctima.
Ya va a venir el día, ponte el cuerpo.
Ya va a venir el día;
la mañana, la mar, el meteoro, van
en pos de tu cansancio, con banderas,
y, por tu orgullo clásico, las hienas
cuentan sus pasos al compás del asno,
la panadera piensa en ti,
el carnicero piensa en ti, palpando
el hacha en que están presos
el acero y el hierro y el metal; jamás olvides
que durante la misa no hay amigos.
Ya va a venir el día, ponte el sol.
Ya viene el día; dobla
el aliento, triplica
tu bondad rencorosa
y da codos al miedo, nexo y énfasis,
pues tú, como se observa en tu entrepierna y siendo
el malo ¡ay! inmortal,
has soñado esta noche que vivías
de nada y morías de todo…

César Vallejo

Autobuses

“Corre, corre, que se nos hace tarde, nos vamos al pueblo”, era la voz de mi tía, y ella me daba la mano, y yo era feliz porque me sacaba de la escuela cuando menos lo esperaba. Nos marchábamos en un autobús destartalado, muy viejo, con muchas lacras y un sonido gangoso de máquina forzada. En el techo llevaba un montón de trastos y algunas personas se sentaban en sillas plegables en el pasillo. Un viaje a fuego lento, con varias paradas, con una velocidad que no superaba los sesenta kilómetros por hora y donde la duración en minutos doblaba la distancia en kilómetros.
Las canciones repetidas de memoria los días de excursión en el autobús del colegio. Me sorprendía el contraste entre el bullicio de la salida y el silencio de la llegada.
Años más tarde, el andén de la estación rebosaba de vida, de bultos, de gentes. Carteles de publicidad gigantes con chicas enseñando el cuerpo y la lencería. Un bar sucio, unos servicios sucios, unas despedidas limpias. Mercedes se marchaba a su pueblo y yo no podía soportarlo. En cuanto tenía dinero me iba tras ella.
Antes de partir de viaje, procuraba acercarme al kiosco de prensa para entretener el tiempo con una revista. Las letras bailaban durante el trayecto por el nerviosismo del motor y las imperfecciones de la carretera.
Una pareja se besaba en el andén, se besaba y el autobús partía, pero el muchacho corría tras él con su traje de soldado y se subía en marcha; la chica se quedaba llorosa.
Autobuses modernos llenos de comodidades, asientos confortables, auriculares en los oídos, calefacción y aire acondicionado. Pero la ruta era igual de monótona porque el paisaje lo conocíamos o porque el destino era lejano.
El autobús entraba en un pueblo donde ni subía ni bajaba nadie. Una tarde se puso terco y hubo que esperar en el arcén a que vinieran a recogernos. Y ese otro, color pistacho metálico, ovalado y reluciente; era un autobús de América al que no pudimos subir porque nunca podremos subirnos a una película.
Viaje nocturno en el que cada vez que el vehículo daba un bandazo en una curva, me despertaba y me acordaba de los accidentes y de las barras protectoras que le faltaban. Pero eso fue mucho más tarde, cuando aprendimos a dormir sentados. Antes, toda una noche de vigilia en un viaje interminable hacia la costa.
Un día Mercedes me estaba esperando en la estación con un automóvil de segunda mano y ya sólo utilizaría los autobuses de forma ocasional.