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Mudanzas

Tenemos tendencia a mirar la vida como instantáneas de un pasado más auténtico que un presente vencido por la nostalgia. No disfrutamos de las cosas, de las situaciones, de las personas, sino con el tiempo, con el recuerdo, cuando olvidamos nuestras miserias y las de los demás.

 

El niño venía sangrando por la ceja izquierda y el hipo acompañaba su llanto.  No sé si le habían pegado o se había caído. Quiso cruzar la calle corriendo de pura rabia y una mano amiga lo detuvo a pocos centímetros de un coche. Si ya me puso nervioso la excitación dolorosa del muchacho y ver la sangre correr por su mejilla, asistir a su posible atropello me dejó exhausto.

 

 

—No voy a ir al funeral del padre del jefe.

—Él fue al del tuyo.

—Me da igual; desde que murió mi niña no voy a volver a ninguna misa ni adorar a ningún Dios.

Los chicos que nos están haciendo la mudanza también tienen sus historias. Ellos deben llegar derrengados a sus casas por la noche, como auténticos titanes de lo cotidiano.

 

Vivimos entre un tumulto desordenado de cajas y cacharros. Imposible saber dónde encontrar lo más necesario. Buceo entre miles de objetos que no necesito hasta dar con el tesoro de unas zapatillas, las gafas o el pijama limpio.

He vuelto a encolerizarme con uno de mis hijos, quizá con algo de razón, pero no como para vociferar como un loco. Luego vino la vergüenza y el arrepentimiento, el querer irme a vivir solo y dejarlos en paz, mientras Mercedes y los muchachos me dan el trato que no merezco. Sobrevivir a un traslado es una tarea de gigantes.

Gafas nuevas; qué grande lo veo todo. Y me acuerdo de los ojos enormes de mis abuelos tras los lentes. Ojalá estuvieran con nosotros todavía. Mientras los padres y hermanos se alejan, los abuelos siempre están a nuestro lado; son la parte más entrañable de la familia junto a los hijos cuando son pequeños.

 

Escribir con la mirada perdida en el horizonte, sin las gafas, a tientas, sin distinguir las letras sobre el papel. Solo vivimos unas cuantas familias en el residencial. Escucho a una mujer cantar las canciones de un karaoke; más allá se oye ladrar a los perros del polígono ganadero. Son unos meses de nada, mientras nos arreglan el piso. Mercedes sigue con la depresión de vivir tan lejos del centro. Es como cuando en las vacaciones no damos con el lugar adecuado y tardamos un par de días en acostumbrarnos.

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Sin duda, los días son diferentes para cada persona; algunos están hechos de cosas banales, otros de aventura, pero cada conciencia da forma a un mundo que parte de la tierra y se eleva hasta el cielo; entonces, ¿cómo es posible que una cosa tan grande desaparezca con tanta facilidad para convertirse en nada, sin dejar tras de sí al menos un rastro de espuma, siquiera un eco?

Sus labios son cálidos y dulces. ¿Dónde está la vida, si no es en un beso?

Hay palabras pronunciadas hoy que volarán a ti dentro de unos años y regresarán como un ramo de flores, un consuelo o un cuchillo ensangrentado. Y las que escuchas mañana transformarán un antiguo y sincero beso en el amargo recuerdo de la mordedura de una serpiente.

El silencio tiene naturalezas diversas. A veces la gente calla porque ha sucedido algo en su vida, un acontecimiento que las palabras no pueden abarcar, que el lenguaje es incapaz de delimitar.

La muerte parece cercar la existencia, del mismo modo que la oscuridad del espacio rodea a la Tierra, este planeta azul, este grito azulado que se lanza a la inmensidad del Universo como un grito a Dios.

Nunca sabemos en qué dirección nos llevará la vida, ni siquiera podemos saber quién sobrevivirá a la jornada y quién sucumbirá en ella, o si el último adiós será un beso, una palabra amarga o una mirada hiriente; basta que alguien tenga un momento de descuido, que olvide mirar a la derecha, para que muera, y entonces ya es tarde para retirar las palabras desafortunadas, demasiado tarde para decir “perdóname”, para decir lo que importa, lo que hubiéramos querido decir, pero no logramos expresar a causa de nuestra crueldad, de nuestra fatiga, de nuestra rutina, del tiempo que escasea. Olvidaste mirar a la derecha, nunca volveré a verte, y las palabras que me has dicho seguirán resonando en cada día y noche, y el beso que deberías haber recibido se secará en mis labios, donde se tornará herida y volverá a abrirse cada vez que alguien que no seas tú me bese.

Los sueños son la luz que ilumina al hombre, la claridad que lo rodea como una aureola; en su ausencia sólo hay tinieblas.

Pocas cosas cuentan tanto para el ser humano como la risa, tanto como el llanto, y de hecho es mucho más importante que el sexo, más aún que el poder y mucho más todavía que el dinero, ese escupitajo del demonio que nos envenena la sangre; quien nunca ríe se transforma en piedra con el tiempo.

¿Qué significa “traicionarse a sí mismo…? No atreverse a vivir.

La muerte es un cuchillo negro que desgarra la luz.

Uno se habitúa a todo, por desgracia debe hacerlo, alabado sea Dios. La vida prosigue su curso incesante, que nada parece poder interrumpir, ya sea lluvia de meteoritos, cólera divina, furia de la naturaleza o crueldad humana.

Ha adelgazado tanto que parece una cuerda de violín sobre la que la existencia interpreta su canción melancólica; en Marta, por el contrario, todo es vida, ella es un signo de exclamación en medio de la existencia.

Este maldito mundo será habitable tanto tiempo como tú me ames.

El arte posee el peligroso poder de engendrar el sueño de una vida mejor, más justa y más bella, el poder de despertar la conciencia y amenazar lo cotidiano.

Pero ¿qué es malo o qué es bueno?, la diferencia no está tan clara como nos gustaría. Las mejores cosas pueden hacer caer finalmente la desgracia sobre nosotros, y las pruebas más difíciles, ser un día nuestro consuelo.

La vida es difícil, pero con todo es más fácil que la muerte, esa cabronada que nos priva de todo. Quiero decir, de todas las ocasiones posibles. Nos quita los ojos y nos impide leer…, nos priva de los brazos y ya nunca podremos estrechar a quien más nos importa… Es importante saberlo, no se puede vivir por la sola razón de no estar muerto, eso sería una traición. Hay que vivir como una estrella que brilla.

Se apiadaba de sí mismo por su suerte, hundiéndose así en el pecado del orgullo, uno de los pecados capitales, en lugar de ir a verla y decirle bésame, que tus besos sean tantos como esas gotas de lluvia sobre el tejado cambia tus dedos por besos, bésame, tócame, y haremos de este mundo un lugar habitable, bésame y transformaremos las piedras en lechos de flores.

¿Adónde irá todo nuestro amor, qué será de todo lo que fuimos, en qué se convertirán  todos esos acontecimientos que han iluminado al mundo haciendo de nosotros personas felices?

Muy pronto alguien podrá venir a dar cuerda a la caja de música y tal vez escuche entonces las frágiles notas de la eternidad.

Jon Kalman Stefansson

Algunas palabras son conchas en el tiempo, y dentro de ellas quizá esté tu recuerdo.

La vida es bastante simple, pero el ser humano no, lo que llamamos enigmas de la existencia no son más que las marañas y los bosques impenetrables que nos habitan.

Lo que sabemos, lo que hemos aprendido, no procede de la muerte sino de la poesía, de la desesperanza, de los recuerdos felices y de las grandes traiciones.

El hombre se muere si le quitan el pan, pero si no tiene sueños, se marchita.

Las palabras son una de las pocas cosas que tenemos a mano cuando todo parece habernos traicionado. Y no olvides nunca algo que nadie entiende: que las palabras más insignificantes y las más inimaginables pueden, de un modo inesperado, soportar un peso enorme y alentar la vida para salvarla de los precipicios más vertiginosos.

Ahí van las lágrimas de los ángeles, dicen los indios del norte de Canadá cuando cae la nieve.

Los ojos de ella lo habían convertido en un poeta.

No se dice ni una palabra sobre su vida…, sobre lo que a veces sucede entre dos seres humanos, invisible pero más fuerte que todos los imperios, más fuerte que todas las religiones y tan bello como el cielo ni sobre las lágrimas, que son pececillos transparentes, ni sobre las palabras que le susurramos a Dios o a esa persona que nos importa más que nadie.

Tiene el semblante dulce pero a la vez firme y concentrado, todavía no lo han ajado las cuchilladas del tiempo.

Pocas cosas alimentan tanto al ser humano como el resentimiento.

Hay tanta distancia entre las palabras y lo que sucede en tu interior que incluso ha llegado a arruinar vidas. Por eso es mejor quedarse callado y confiar en los ojos.

Ciertas personas se cierran como conchas, aparentan ser grises y banales, fáciles de juzgar a la primera, pero a menudo esconden una luz en su interior que muy pocos han visto, y a veces nadie.

El ser humano se deja influenciar a menudo por las apariencias y por eso los hombres grandes y fuertes parecen invencibles.

Una persona no puede ser infeliz entre tantos libros.

Un hombre debe luchar, incluso cuando todo parece ponerse en contra, en eso consiste ser hombre.

Jon Kalman Stefansson

Los hombres van sentados sobre una tabla y confían en Dios.

Cuando la oscuridad es tan densa que con un cuchillo puedes grabar tus iniciales en ella.

Algunas palabras, quizá, puedan cambiar el mundo, pueden consolarnos y secar las lágrimas. Algunas palabras son balas de fusil, otras son notas de violín. Algunas pueden fundir el hielo del corazón e incluso es posible enviar palabras como brigadas de salvamento cuando los días son difíciles y nosotros, quizá no estemos ni vivos ni muertos. Pero no bastan por sí solas.

Para mí tú eres todo cuanto existe bajo el cielo.

Algunos poemas te hacen olvidar, olvidas tu tristeza, tu desesperanza, tu chaqueta de marino, y entonces el frío llega hasta ti: ¡Pillado!, dice, y estás muerto. El que muere se transforma al instante en pasado. Todo lo relacionado con esa persona se convierte en recuerdos que te esfuerzas en conservar, pues olvidar es traición.

Cuando el ser humano se encuentra ante grandes desventuras, cuando su existencia está deshecha, sin querer empieza a recordar su vida, rebusca en los recuerdos como un animalito que busca cobijo en su madriguera.

Bardur salía siempre a las 8 para contemplar la Luna, y en ese mismo momento salía ella a la puerta de la granja y la contemplaba también, estaban separados por montes y distancias pero sus ojos se encontraban en la Luna, como han hecho siempre los ojos de los amantes, desde el origen de los tiempos, y ese es el motivo por el que la Luna fue puesta en el cielo.

A veces dormir es una bendición, estás protegido, el mundo no te alcanza.

Kolbeinn es un hombre tan sagaz que hace mucho que comprendió que por regla general no tiene ningún sentido estar contento.

El muchacho tiene que hacer acopio de fuerzas para atreverse a mirarla a los ojos. Sus ojos son grises como los de una roca en la montaña, es difícil mirarlos pero mucho más difícil es no hacerlo.

El barco Laura sigue bloqueado por el hielo sobre el Báltico con mercancías y paquetes para Islandia. Congelado con todas las cartas de los que estudian en Copenhague, algunas tan ardientes de añoranza y declaraciones de amor que bastaría con colgarlas justo delante de la proa para fundir la capa de hielo y abrir la vía de navegación.

No, no se puede comprender el amor a fondo. Vivimos con alguien y somos felices, hay hijos…, y pensamos: así ha de ser la vida. Entonces conocemos a otra persona, quizá no sucede nada, sólo que ella guiña un ojo y dice algo banal, pero hemos dejado de existir, sin esperanzas, el corazón se acelera, se inflama, todo desaparece menos esa persona, y un tiempo después os habéis ido a vivir juntos, el viejo mundo se está alzando; a veces es preciso que un universo perezca para que pueda nacer otro.

Jon Kalman Stefansson

 

Trilogía del muchacho

El islandés Jon Kalman Stefansson (Reikiavich, 1963) fue pescador en su juventud y estudió Literatura, pero no terminó la carrera. Se ocupó de una biblioteca municipal durante unos años para después dedicarse  a escribir a tiempo completo. Los libros de esta obra son un canto colectivo de los pescadores en los que se creá una especie de religiosidad entre el viento, el agua, la nieve, la tierra y el alma del hombre para sobrellevar la dureza del trabajo y el frío. El protagonista es el muchacho, quien queda consternado por la muerte de Bardur, su amigo, al olvidar este la chaqueta por quedarse absorto leyendo El paraíso perdido de Milton; mantiene relaciones complejas con Geirprudur, una mujer de fuerte carácter, y realiza un viaje peligroso con Jens, el cartero. Según ha declarado el propio autor, lo importante no es la historia en sí, sino las ideas, los pequeños detalles, las palabras; escritas en un lenguaje extremadamente poético y musical que se convierte en filosofía de la vida después de habernos emocionado casi hasta las lágrimas. La trilogía la componen los títulos  que a continuación se mencionan, de los cuales he extraído las frases que más me han impactado y de las que dejo aquí constancia.

Amo a la gente y sus historias. Que mis bromas se pudran y me quede solo con los libros de mis estanterías. Recoger las hojas, los lápices y el bolígrafo; romper los cuadernos y el ordenador y que no quede nada de mí sobre la tierra. No soy más que el trato que doy a mis semejantes y Dios piensa de mí lo mismo que opinan ellos. Amo esta vida y todo lo que la rodea, y el egoísmo de la gente no es peor que mi propio egoísmo.

Cuántas veces he sucumbido al odio propio y al ajeno. Todo consiste en saber perder y aceptar las derrotas sin rencor. Qué fácil se dice y qué difícil hacerlo. Como decía Borges: «Amar a nuestros enemigos es cosa de ángeles y no de hombres».

 

Me ha dado por creer que mirar el reloj es ser un esclavo del tiempo. Por eso lo dejo en el cajón de mi mesilla, y, sin embargo, voy robándole la hora a la gente por la calle, y miro la de los comercios, la de las torres de las iglesias, la de los organismos oficiales, la de los paneles que marcan la temperatura, y escucho las señales horarias de la radio y la de los despertadores de los vecinos. Así me he convertido en ladrón y esclavo del tiempo ajeno.

 

«Esos niños tienen algo en la mirada, se les nota; han vivido situaciones que las familias normales no podemos entender». Esto dice Mercedes de los niños abandonados que acoge la Junta, los que le llevan a sus clases de preescolar desde el Hogar Infantil. Ellos tienen reacciones extrañas: se tiran al suelo, patalean, gritan y se abrazan a ella de forma desesperada; siempre están a su lado y le cuentan sus cosas con todo el cuerpo, con necesidad, como si estuvieran implorando atención.

No quiero hablar; este dolor necesita silencio. No he vuelto a encender la radio del coche; oír música en estas condiciones me parece una frivolidad. Estoy en duelo, escucho a Dios y al demonio y trato de apaciguarlos. Que mis principios no me hieran demasiado, que los golpes y mi aguante suicida se terminen. No tengo nada que celebrar. Debería pedir perdón a mi familia, entregar mi corazón envuelto en un poema, irme a vivir bajo el puente de mi debilidad y tratar de construir con ella algo que se pueda llamar literatura.

 

No se ve nada en esta calle,

la niebla lo cubre todo,

los árboles se quejan del frío

y soy la hoja que no quiero ser.

 

Trato de encontrar las palabras

que no supe decir,

olvidar las pequeñas maldades

y acordarme solo de las atenciones

y gestos de tus manos

que me acercaban a ti.

 

Dibujo sombras en el suelo

donde solías aparcar tu coche,

paciencia de este silencio

que nunca te dejará marchar.

 

No me digas adiós

ni dónde te lleva el viento;

cierra tus pequeños ojos

para que yo los pueda besar.

 

No se oye nada en esta calle;

noto tu ausencia en los que ríen

y en todos los mendigos de la ciudad.