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Los niños celebran una fiesta en cualquier situación. No importa la miseria que les rodee mientras tengan un poco de comer y un motivo para jugar. Ellos deben secar unas telas y, para ello, se ayudan de dos palos. Las estiran, uno de cada lado, y forman algo parecido a una bandera o cometa alargada para que se seque con prontitud. Dos niños en los extremos y uno en el centro para que el tejido no toque el suelo. Una tela brillante de color naranja sonriente. Los niños, con la cara coloreada de pigmentos. Para ellos no es un trabajo, es un juego divertido. Salud y vida a pesar de su desnudez y de ir descalzos. El calzado es un objeto de lujo del que, por ahora, pueden prescindir.

El campo de refugiados y los niños que pelean por un poco de comida. Las madres esperando el regreso a casa con la desilusión de un futuro incierto. No han superado todavía el horror y eso lo refleja la crispación de sus posturas y sus caras ensombrecidas. Deben pasar años hasta que puedan alcanzar eso que se llama la normalidad.

La parada del autobús concurrida de gente en un gran andén al aire libre al acabar la guerra, delante de un edificio hueco, todo ventanas y paredes exteriores horadadas, como señal de un mundo nuevo por construir al que todos quieren apuntarse.

El guardián de las SS aterrado ante la cámara, con el rostro deforme y lleno de sangre al haber sido descubierto por aquellos a los que torturó. Se han cambiado los papeles y sabe lo que le espera, aunque aguanta los golpes y pone cara de pena porque alberga la esperanza de que ellos no sean tan crueles como él.

Francotiradores

Francotiradores desde los edificios colindantes a una plaza. El terror de la gente aplastada contra el suelo, huyendo de forma enloquecida, con la euforia de la liberación y el fin de la guerra cortada de repente por aquellos que se resisten a que la vida continúe.

La mujer con la cabeza rapada y el niño en brazos, obligados a caminar entre los insultos de los vecinos por colaborar con el enemigo. ¿Por qué no obligaron al enemigo a marcharse? ¿Por qué no dejan en paz a una mujer indefensa, incapaz de comprender su pecado? Ella entregó su cuerpo bajo amenazas, mientras los demás se escondían en sus madrigueras y, ahora, esos cobardes salen de sus escondrijos, cuando ya no hay peligro, a fustigar a esa desdichada que se comportó igual que los demás, para que pague por todos ellos.

El suicidio culpable para librarse de las represalias por los excesos cometidos. La joven enfermera rubia tendida con gesto delicado sobre el sofá. Cuántos daños colaterales salpican todos los rincones de una guerra. De esta pesadilla es mejor no despertar.