Feeds:
Entradas
Comentarios

El puzzle

Nunca creí que una púa me causaría tanto daño. Prometí cambiar, tomarme las cosas de casa con calma y superar esa fobia a ocuparme de los desperfectos domésticos. Lo mío no es bricomanía exactamente, más bien es manía al bricolaje. Mi mujer piensa que se me afea el carácter y no comprende el porqué de ese nerviosismo a poco que el arreglo de turno no vaya por el camino correcto. Mis hijos ya saben que lo mejor es alejarse de la persiana rota o el enchufe que se deba reparar. Sí, debo asumir que he dado más de tres voces con un maquinillo en la mano, que me vuelvo irascible y no puedo controlar el mal humor. A veces he tratado de racionalizar el asunto. Tampoco es tan grave ponerse manos a la obra cuando la finalidad es el bienestar de la familia, pero esa mezcla de fobia y pereza me desquicia.
El caso fue que el marco de un puzzle se había descuadrado y tuve que ajustarlo. A todo esto, no he dicho que era bastante tarde y mi hijo Javier se iba a acostar. Como me encontraba muy despierto y no podía conciliar el sueño, me acordé de la promesa hecha respecto a ocuparme de los pequeños arreglos domésticos, despegué el papel trasero y tomé los alicates con decisión. Saneé los bordes de madera, coloqué el cartón protector en su sitio y fui clavando las púas en sus correspondientes orificios. Llegué a la última bastante contento, pero al ejecutar el golpe, fallé con el canto de los alicates al no haber cogido el martillo por no hacer mucho ruido y la púa saltó al hueco existente entre el marco y el cartón. Volteé el cuadro, mas la cabeza de la púa había quedado enganchada en el lateral y no la dejaba caer. La tomé con los dedos, traté de sacarla con maña y no hubo manera. Así es que cogí los alicates, tiré de la púa con fuerza y crass, el cristal se rachó a lo largo de todo el cuadro. Me dije que debía tranquilizarme. Había cometido un error subsanable con dinero. Al día siguiente mediría el cristal y por veinte euros volverían las torres del castillo a lucir en la pared de la habitación de Javier. Así lo hice, traje el nuevo cristal y desmonté con cuidado la cubierta trasera. Con esto del bricolaje, por mucho cuidado que yo ponga, siempre surge algún imprevisto que lo echa todo a perder. Traté de separar el puzzle del cristal rachado y, entonces, el alkil protector de unión de las piezas se había pegado a la superficie transparente y fue levantando desconchones en el fabuloso castillo de Baviera ensamblado por Javier. Así fue como, una vez más, mis buenas intenciones, la torpeza de mis manos y una simple púa se cargaron el puzzle favorito de mi hijo. Prometí no volver a tocar una herramienta en mi vida, y si alguna vez tuviera la tentación de hacerlo, cogería el móvil y llamaría al primer manitas que viniera en la guía telefónica. Desde entonces, Javier me regala en mi cumpleaños y por Navidad algún puzzle, un juego de llaves diversas o un maletín de herramientas, y yo le pido que olvide, que no se puede ser tan rencoroso en la vida.

Anuncios

El verano ha sido especialmente tórrido este año, sobre todo en agosto. Cuando empezaron las fiestas, cayeron cuatro gotas y el frío hizo su aparición. No hay nada más triste que ver la plaza del pueblo vacía mientras suenan los instrumentos de la orquesta. Si al menos bailase alguna pareja. Me senté en la terraza del bar a beber mi gin tonic habitual de todas las verbenas. Por fin tres parejas desconocidas se lanzaron a bailar y animaron el cotarro. Debían ser familia de los músicos. Rufino, el gitano, estaba sentado con su mujer en un banco al pie de una farola. Se levantó con un bastón en una mano y un paraguas en la otra. Música de farándula, pasodobles y alegrías. La noche siguiente, la orquesta, más moderna, ofreció un concierto de luces, modelitos y voces. Nos quedamos una hora, no más, un rato bien aprovechado. A las cinco de la madrugada, nos despertaron los mozos con sus cantos. Habría que ir esta mañana a despertarlos a ellos. Imposible escarmiento.

Cabello blanco de una mujer que empuña una badila con la que se extrae el carbón de un saco tiznado de negro para alimentar el brasero. Cuerpos magros moviéndose con parsimonia entre el empedrado que separa la casa y la cocina apartada donde se hace la lumbre. Siempre acarreando leña y comida, manipulando cacharros, enarbolando escobas, trébedes, recogedores, tenacillas… El fuego de la chimenea describe dibujos misteriosos en la corteza de los troncos. Las pequeñas mariposas de ceniza saltan de los leños ardiendo y caen sobre las brasas. Pucheros con los guisos borbotean durante la mañana. Estos titanes octogenarios no esperan a que la muerte les llegue. A ellas, las cogerá luchando con las armas que tienen a mano para ordenar las cosas. Espalda arqueada y recia, manos nervudas de piel lustrosa. Silenciosos movimientos y caras sonrientes que dan los buenos días. ¿Qué pensarán cuando se sientan por las noches a esperar el sueño en la camilla?

Sun city

Suena un saxo como el de la película-cómic “Sun City”. Acción, fuerza, violencia, de las que siempre hay que extraer un poco de amor. De los puñetazos con sangre, de los asesinatos innecesarios, la historia se salva por el roce afectivo entre los personajes, por la búsqueda de compasión.

Si alguna vez publicase un libro de poemas, debería poner algo así como: estos versos fueron inspirados en la pared de cantería de la casa del pueblo o en los cacharros de la cocina del piso o en el ruido de fondo de la ciudad. Aspectos que apenas apreciamos durante el día y que se hacen patentes en el silencio de la noche.
Las barras de hierro de la cancela que da al patio son los barrotes de una celda abierta en medio de mi corazón.
Ruido de fondo decrépito y malsano de la persona que viene a estrangularte por una ofensa insignificante que ella ha agrandado en su cabeza.
Pulsiones depredadoras del cuerpo en las que no se reconoce ese amor del que deberían surgir. Barreras de pudor contra la mujer que viene a beber en las aguas transparentes de nuestra inocencia.
Senos de la mujer madura. Caderas moldeadas por los hijos. Miradas de orgullo y coquetería. Huir para no sufrir. Callar para no comprometer. Silencio para no ofender.
“Gatita” que ronroneas junto a mí para que te acaricie.
Tomar la fruta fresca que Dios nos ofrece.
Permanecer en tu sitio, esa es la clave. Pero ¿cuál es tu sitio, ese lugar que siempre está en movimiento?
Sólo se ama lo que no se tiene, decía Proust. Tan cierto como triste; tan acertado como perturbador.
Qué difícil es atrapar el alma de una mujer; ser rechazado por una mujer es ser expulsado del paraíso.

Miguel Ángel

Mi hijo Miguel Ángel siempre ha disfrutado de la vida con fruición y parece no afectarle contratiempo alguno. Desde pequeño, cuando yo me quejaba de sus estudios, él siempre me respondía: “No te preocupes por nada, papá, no ves lo felices que somos”.
Todos nos vamos muriendo desde que nacemos, desde que surgió el amor entre nuestros padres y fuimos engendrados. Como esta involución en la escritura que no da para más y se va muriendo por su propia inanidad. ¿Hasta cuándo esta insana costumbre de negarnos? ¿Cuántas hojas tiradas a la papelera del miedo? ¿Cuántos fracasos sobre el fracaso de no hacer nada? ¿Por qué no seguir adelante y disfrutar del camino?
Oigamos los sonidos de la noche en verano. ¿Es el viento lo que se escucha o es más bien el rumor de un avión cubriendo la ruta Madrid-Lisboa? Acelera un automóvil que se acerca al pueblo por la carretera de subida desde el canal. El gas del motor hace temblar al frigorífico. Siento el picotazo de un mosquito en la oscuridad.
Estoy recordando la hermosa vista del río de Acebo desde el puente romano sobre la casa bucólica con escaleras que se adentran en las aguas frías sombreadas por los árboles. Veo la casa de reposo, sus buhardillas, las maderas y las matas de brezo, y junto a ellas, esos paneles de luz solar que rompen el hechizo.

Galicia

Llegamos a Laxe por el camino equivocado. Parecía imposible tanta fatalidad. Yo lo achacaba a los nervios; Mercedes, a la mala suerte. Después de doce horas al volante, no parecía que hubiéramos tomado la ruta más corta, por más que así lo indicaran los mapas. Apenas cruzamos la frontera portuguesa, una avalancha de coches había puesto cerco a nuestra tranquilidad. Dejamos atrás un par de controles de rádar y cuando ya nos las prometíamos muy felices, entramos por error a la autopista detrás de un camión a través de la vía de residentes. Cuando me quise dar cuenta, era ya demasiado tarde. Sólo había un acceso para recoger el ticket, con una fila de vehículos que seguía aumentando. ¿Por dónde dar la vuelta? Si lo hacía marcha atrás, corríamos el riesgo de provocar un accidente, y no valía con aparcar y acercarse andando, el coche debía situarse junto a la máquina expendedora para que pudiera detectarlo y emitir el correspondiente recibo. Decidí seguir y explicar el percance en la salida de Oporto. El nerviosismo se apoderó de mí. Había obrado con torpeza y lo sabía. La amable señorita de la estación de salida lo sentía mucho, pero al no recoger el recibo en la entrada de Aveiro, debía aplicar una tarifa especial de 39 euros. Mi reacción fue la de vociferar y negarme al abuso. Fui advertido de que la cámara me estaba filmando y de que la guardia de tráfico me detendría antes de cruzar la frontera. Aparqué sobre la línea continua y pensé que lo mejor era claudicar y reconocer el error. Pagué y fui a las oficinas a poner una reclamación. El funcionario, circunspecto, parapetado tras sus gafas de pasta y un rictus de enfado, farfulló algunas palabras en su idioma que yo entendí con dificultad. Ni abusos ni cuentos, las normas estaban claras y la protesta no serviría de nada. Con la ofuscación por el desembolso innecesario, tomé la dirección equivocada al adentrarme en Oporto y perdí otro cuarto de hora en salir del embrollo. Un poco después, Mercedes y los niños se ofrecieron a pagar la comida para así aliviar mi mal humor. Me conmovió el detalle, pero no accedí. Cuando parecía que llegaríamos finalmente a nuestro destino sin mayores contratiempos, un pequeño letrero se interpuso en nuestro camino. “Laxe”, ponía, referido a la parroquia o concejo del mismo nombre. Y hacia allí nos adentramos por pistas reviradas que desembocaban en pueblecitos apartados. Detuvimos el coche junto a una pareja de la Guardia Civil de Tráfico. “¡Dígame, dígame!” “Laxe, por favor.” “Sí, después de esa curva a la derecha.” “Gracias.” “¡Perdón, perdón!” “No, que muchas gracias.” El guardia fue muy amable pese a su sordera y a sus voces. Los niños lo fueron imitando el resto del camino. Entramos en Laxe por el interior. Si lo hubiéramos hecho por la costa, habríamos disfrutado de la panorámica alargada del pueblo sobre el mar, de su playa en semicírculo y de los barcos en el puerto. El cansancio del viaje se había apoderado de nosotros. Tuvimos que dar una vuelta completa al paseo marítimo para encontrar la dirección. Ni la simpatía natural de la muchacha del bar donde recogimos las llaves del apartamento me consoló. No sabía por qué, pero, como me ha ocurrido en otras ocasiones, un gran número de caras que yo veía por primera vez creía haberlas visto antes y pensé que las caras se repiten, como las formas de ser. Después de aparcar, todavía nos esperaban dos pisos de escaleras hasta llegar a nuestro destino. Por fin abrimos la puerta cargados con el equipaje. Soltamos las maletas, los bolsos, las mochilas y demás pertenencias con alivio y nos llevamos la primera alegría del viaje: el ventanal de la cocina tenía vistas al mar, el de la terraza de la sala de estar, también. Las habitaciones estaban bien distribuidas y eran espaciosas, con la claridad que requieren los climas umbríos.
Las gaviotas son aves territoriales y luchadoras. A veces se quedan colgando en el aire como las cometas. El viento del noroeste sopla sobre la arena de la playa. Algunos bañistas se cobijan entre las dunas, otros utilizan las sombrillas de parapeto y la mayoría se arropa con las toallas. Dos kilómetros de arena y sólo se llena de gente los domingos de sol. Casi todos los coches llevan matrícula gallega. Cuando ya quedaban pocas personas, un banco de peces se acercó a la orilla. Los niños se tiraron sobre él y los peces plateados desaparecieron. Por el frío del océano no disfrutamos del baño como hubiésemos querido. Parecía como si hubiesen derretido un iceberg en el agua.
“Ustedes no conocen la verdad de esta costa. Ahora no es lo mismo que en el invierno: la niebla no levanta en todo el día y los temporales son continuos. Por algo la llaman la Costa de la Muerte”.
Santiago de Compostela no nos sorprendió, vimos lo que siempre sale en la televisión: la Plaza del Obradoiro, la Catedral, los peregrinos, el agobio de turistas y vendedores. La Coruña, en cambio, nos gustó mucho. Serían las fachadas de cristal, el paseo marítimo, la limpieza, el orden. Nada en especial y todo significativo. Su simetría sin pretensiones o su grandeza manifiesta. Por un momento me acordé de Santander, aunque sus edificios no se pareciesen.
Corcubión es un pueblo de piedras ancestrales abierto a la marina. En la bajamar, cuadrillas de mujeres recogen berberechos. Después, los cargan en sacos y se los lleva un camión.
“El faro de Laxe no es representativo”, nos dijo el chico de la gasolinera. Pero a nosotros nos fascinó la anfractuosidad de la costa, su altura y el fragor del agua espumeante chocando contra las rocas. Había cruces de cantería en recuerdo de los marineros muertos. Allí, en aquel paraje solitario de la costa gallega, siendo las cinco de la tarde, apareció un coche de Cáceres, era la chica que cuidaba a los niños en el comedor del Colegio, una de esas casualidades que te hacen murmurar eso de qué pequeño es el mundo.
De madrugada, cuando las sombras dominan el espacio, aún suenan las gaviotas en su lucha sin tregua. Fue en el momento de partir hacia nuestra tierra, antes de que la llovizna nos despidiera, cuando vimos a un niño correr junto a la carretera. Mientras avanzaba, volvía la cabeza receloso, y entonces, una gaviota se abalanzó sobre él, y el niño se llevaba las manos a la cabeza y la gaviota se posaba en una farola, y esperaba su momento para volver a atacar al aterrorizado muchacho.

La conciencia de no ser nada, la certeza de ser un cualquiera, la necesidad de que a uno lo dejen tranquilo. No quiero más amigos que las letras impresas de un libro.

Somos máquinas de hacer ruido, hermosos trastos que se van deteriorando hacia el vacío. ¡Si pudiéramos ver en un instante el proceso de envejecimiento de una persona! Somos la marioneta defectuosa que guarda un secreto.
Cómo no ser escéptico si el hombre tiende a ilusionarse. Qué importa la verdad o el daño si las palabras suelen ir dirigidas a satisfacer nuestros deseos, prejuicios o intenciones.
Agua fresca que a estas horas de la tarde baja indulgente por los riachuelos de la sierra. Cuarenta grados a la sombra y en lugar de permanecer refugiado en casa, debo salir con la familia a pasar calor porque es domingo. Nuevamente en una piscina natural de un río de montaña, aprovechando los últimos días del verano; con el acebo y el pino por sombra y el agua fría mordiendo nuestra piel templada. Los niños no quieren salir del río. Vigilo nuestras pertenencias para que no me quiten las zapatillas, como en la tarde anterior, y tenga que ir a recuperarlas ante un viejo que se hace el distraído.