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Madredeus

El auditorio de mi ciudad tiene asientos incómodos, de un beige tan frío como el de una consulta médica. Es fatigoso y te afecta a los nervios mantener las piernas encogidas durante mucho tiempo. Me pareció ver a un amigo en el patio de butacas. No era él, pero luego lo encontré en la platea lateral. A veces me ocurre lo mismo en la calle, creo ver a alguien y poco después aparece un poco más adelante. No me gusta ir a ningún sitio sin Mercedes. Hoy, su excusa para no acompañarme ha sido que no lo habíamos previsto. El concierto de Madredeus está a punto de comenzar. Hay tanta gente a mi alrededor que estoy solo. Los asistentes hablan, se miran, se ubican en la sala, hasta que da comienzo el concierto. Cuatro rosas bordadas en un vestido de seda verde. Pétalos que se mueven en los labios rojos de una mujer bellísima. Amor infinito, Trovador de la noche, Suave tristeza, eran los títulos de las canciones. El espíritu de un pueblo profundo, sensible, humano. Un escritor portugués con mucho talento escribió páginas brillantes desde la ventana de una oficina que daba a un muro envejecido. Estaba tan emocionado después de escuchar esa música que conmueve los escondrijos del alma que salí corriendo a ver a Mercedes. Cuando llegué, ella se enfadó conmigo por haber dejado el concierto a medias, no comprendía que esos sentimientos suscitados por la música me llevaron a otros recuerdos y a querer estar con ella. Una hora para Madredeus, a pesar del tortuoso asiento, y otra para Mercedes, ¿qué más puedo pedir?

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Pompas de colores

Pompas de colores enjauladas que revolotean indiferentes y agradecidas. Cuantas veces intenté poner en libertad su canto, mis deseos chocaron con los de mi hijo Rubén. Con mis manos lo hubiera acariciado tanto como con mis palabras. Serían las corrientes de aire, que lo enfermaban; sería que se le pasó la edad de las piruetas. El caso fue que la respiración del canario se tornó asmática y trabajosa. Estuvimos tratando de darle medicinas durante dos meses pero el pajarillo no bebió el agua verdosa que debía curarlo, así es que hubo que dársela por el pico. Mi amigo saltarín, al que le gustaba cantar mientras yo le hablaba, no quería saber nada de que lo cogiera y revoloteaba histérico como si fuera a estrangularlo. Cuando lo logré, noté sus latidos asustados y cómo se ahogaba con aquel brebaje inmundo. Las mismas manos que lo acariciaban con ternura fueron las que acabaron con su vida.

J.

Pecoso, enjuto, de fibra, con los ojos grandes y despiertos. Hace tantos años ya que no sabría encajar esa amistad en parte alguna. Si había un niño distinto a mí ese era J. Frente al mundo de la timidez, la alegría y el desparpajo. Él me llevaba a conocer otros barrios de casas blancas, de canciones dedicadas en las radios de la tarde, de juegos en las aceras. En los hogares de entonces se vivía y se dormía muy apretados, casi con hacinamiento. De aquel revuelo de sábanas y mantas puede que le salieran las ganas de vivir. Él me trataba siempre con respeto. Un día decidí alejarme de él, una tarde en la que se peleó con alguien y volaron ladrillos y piedras sobre las cabezas. Años después, mi madre me dijo que J. no andaba bien, que tenía problemas. Algunas veces le ayudaban con la comida, pero él estaba enfermo de voluntad y lo devoraba una enfermedad maldita. Una noche, yo salía del cine cuando encontré a J. y a su alma gemela pidiendo por la calle. Quise darle algo de dinero, pero él hizo un movimiento esquivo y se marchó, quizás no quería que lo viese así. Seguí el camino confortable del que le espera su mujer en casa con la cena puesta. Después me enteré de que J. había muerto, él que tanto me dio, y yo quedé aquí, con todo en orden y cargado de miserias.

El café

Vibra el cristal de la cafetería con el ruido de un camión que patina sobre la grava de asfalto de la calle. La tarde es hermosa y las nubes dejan pasar la claridad. No hace calor, tampoco frío. Las hojas de los árboles están quietas. Debo tocar la mesa para saber que estoy despierto. No puedo comprender que la paz me alcance tras unos cuantos sorbos. La goma del tensiómetro me volvió a delatar. El corazón camina a paso ligero, pero a él le gusta caminar así. Puedo soportarlo todo menos que me dejen sin el sabor y el aroma del café. Varios días sin el nerviosismo necesario. La cabeza parecía que iba a explotarme. Malestar general o ansiedad compulsiva. El sueño que no me quitaba su degustación me lo quitó su recuerdo. Amigo del tabaco y enemigo de la siesta. Prometo abandonar la sal, pero que no me quiten el café.

El beso

La piscina, oasis veraniego de la ciudad, paraíso de mujeres donde nunca se sabe lo que te pueden ofrecer hasta que no penetra tu mirada en el santuario de su desnudez. Por allí deambula Paula, la mudita, de poco más de trece años, con su atractivo recién estrenado, su piel virginal y su cara exótica como la de las mujeres del trópico. El año anterior tuvimos que soportar la práctica desenfrenada del amor por todos los rincones del recinto. Si pretendíamos jugar a la pelota en el césped, debíamos tener cuidado no fuéramos a interrumpir a la mozuela que movía sus caderas sobre su amante una y otra vez hasta llegar donde sólo ella sabe, o al soldado que se divertía con un amor de paso, o al estudiante que había descubierto por primera vez el sexo y no podía contenerse. Si subías a la terraza del solarium, tenías que darte la vuelta por no molestar a los que retozaban allí ausentes. El colmo de la osadía fue esa pareja que ajena a todo, delante de la entrada a la piscina de los niños, ella a horcajadas sobre él, disfrutaban sin tapujos del placer. ¿Qué pensaría el padre de la muchacha si la viera? ¿Dónde estaban los socorristas?, ellos, que siempre estaban atentos a una pelota de goma que entrara en el agua, un flotador demasiado grande o una colchoneta inoportuna. Tuvo que ser un niño, una criatura inocente que se sentó curioso junto a los enamorados quien los sacó del trance.
Este año, en cambio, se sofocó el deseo, las parejas llegaban satisfechas o dejaban el sexo para otro momento. Pero he aquí que, en un descuido, los niños tiraron el balón por encima de las duchas. Me asomé a la balaustrada y contemplé una imagen surrealista, un joven besaba a su amada de forma tan convincente, que él, de rodillas, tenía a la mujer echada sobre su regazo y ella, como si estuviera traspuesta, extendía los brazos en cruz inertes sobre la hierba. No quise mirar más, mandé a los niños a por la pelota y yo me quedé con la imagen de los amantes. Este verano habíamos cambiado los gozos de la carne por un beso intemporal, poético y cinematográfico.

Ordesa

Un grupo de manzanas rojas y amarillas soportan el peso de un racimo de uvas. Completan el frutero varias nueces y dos limones. La primera vez que me di cuenta de su valía apenas llevaba casado con ella una semana. Son pequeños detalles como reponer la despensa, agitar el azucarero porque su contenido se ha vuelto reseco o, como ahora, fabricar un frutero con la bandeja de las napolitanas durante las vacaciones. Mercedes es diligente y hacendosa, con ese sexto sentido que poseen las mujeres para resolver cualquier situación y para que las cosas funcionen. Dos veces al año renueva los armarios, los ordena, coloca los vestidos de temporada y saca un par de bolsas de ropa usada para los pobres. No le basta con preparar la comida a su hora y tenerlo todo limpio y en perfecto estado. Si le quedan ratos libres, no se echa en el sofá a ver la televisión o a mirar las musarañas, sino que ayuda a los muchachos con los deberes, urde algún paño a punto de cruz o prepara un postre casero. Ella es una mujer de sonrisa fácil y nunca tiene una palabra de acritud para nadie. Por no molestar, recurre a decir las cosas como de pasada, con suavidad, como si prefiriera que los demás tomaran la iniciativa por cuenta propia. Mercedes es sencilla, afable, dedicada a su familia y a sus niños de la escuela. Jamás menciona el dinero, utiliza lo necesario para llevar la casa y procura no malgastar porque le cuesta mucho ganarlo, según sus palabras.
Desde que los muchachos se han hecho mayores, ella prefiere ir de vacaciones a un apartamento, ya que le parece un despilfarro entregar los ingresos familiares de un mes por una semana de hotel. Salvo que sea imprescindible comer en un restaurante, le gusta preparar unos bocadillos de embutidos ibéricos, unas tortillas variadas o unos filetes empanados para degustarlos en un parque cualquiera junto a una fuente o bajo la sombra de un árbol. Eso mismo hicimos durante nuestra visita a Ordesa. Buscamos un lugar donde reponer nuestras fuerzas en Nerín, algún merendero, un rincón fresco al lado de una iglesia o los bancos de una plazuela. El asunto se tornó inexplicablemente complicado y el artesano del pueblo, mientras elaboraba objetos en madera de boj, nos aconsejó ir a un huerto de su propiedad con un arce frondoso y unas piedras para sentarse. Allí dimos buena cuenta de las viandas que Mercedes nos había preparado. Antes de comenzar la ruta de los miradores, algún insecto me picó en la zona de la mano entre el dedo índice y el pulgar. Un virulento escozor se apoderó de mí y comencé a arrascarme compulsivamente hasta que me arranqué la piel de los alrededores del sarpullido y dejé la picadura en un estado lamentable. Mercedes, no sé de dónde, sacó algo parecido a un rotulador y me lo aplicó sobre la zona hinchada. Un picor abrasivo inundó la piel y en poco rato se calmó el proceso. A los pocos días, el pequeño círculo se hizo una costra seca y se cayó por sí solo. Podría contar cientos de anécdotas parecidas a ésta. Ya sé que la mujer de uno pasa a formar parte de la familia casi en el peor sentido de la palabra y que los hombres no tenemos remedio, pero quién podría hacerle daño a una mujer así.

No eres como yo te imaginé.
No eres quien yo creí necesitar.
No eres como uno de esos amores perfectos
con los que soñé alguna vez.
Simplemente eres como eres
y no te cambiaría por ninguna de esas mujeres
que trataron de ilusionarme.
Basado en un pensamiento de Jorge Bucay

Nostalgia

Ha tenido que ser ahora, cuando menos lo esperaba y por una tontería. Rubén y Miguel Ángel han venido con nosotros a la feria por casualidad, el resto de la semana fueron con los amigos. Montaron en la noria, en los coches chocones y en el canguro. Fue al día siguiente, al rememorar otras ferias en las que los dos hermanos entraban de la mano en la casa del terror o en el tren de la bruja, cuando un dolor profundo y asfixiante se apoderó de mi pecho al darme cuenta de que ya nada era igual. Cómo añoro su infancia: verlos salir del colegio con esa risa preciosa y desbordante u observarlos de forma furtiva jugando en el patio del recreo o llevarlos al cine a ver una película y que te cuenten con los ojos y las manos lo que acaban de vivir. Ahora que ya se han hecho mayores, que se enfrentan a mí y no soy capaz de reprenderlos como debiera por llegar tarde, porque me pongo tan contento al verlos, añoro la complicidad de entonces, aunque los siga queriendo igual y sepa que nada es para siempre.