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Posts Tagged ‘Libros’

Agnes

Hace cinco años Agnes me dejó. Hoy es Viernes Santo. He entrado en la iglesia y he mirado los paramentos. El único día del año en que voy a la iglesia. Miro con fijeza los paramentos y espero que me entren por los ojos, cubriéndolos. Estoy como poseída, el Viernes Santo. Sé bien que los paramentos permanecen más de un día. Para mí permanecen un día. No sé qué ocultan esos magníficos, exaltantes paramentos violeta. No tengo un conocimiento preciso de la Pasión. Me refiero a que no tengo práctica alguna de la liturgia. La crucifixión es para mí sin cuerpo. Sin alma. Es sin imagen. Sé qué son los clavos y la corona de espinas. Ornamentos, como una dote. Pero todo esto no me dice nada más. Quisiera yacer con todo esto y beber la sangre. No obstante ese día me convierto, por la gracia, por total ignorancia, en devota. Como los paganos. Me recojo. Estoy en unión con lo que está oculto. Si se trata de amor, no amo. Al menos no en ese momento. En que estoy de pie, arrodillada, y si nadie me ve me inclino en el suelo, y con la frente toco el mármol.
Vivo sola. Gano lo suficiente con mi sueldo. Hay una sombra sobre la luz, frágil. Desde la cúpula desciende otra luz, más afilada, gélida, castigadora. Fijo la mirada en la oscuridad de los paramentos, la verdad visionaria de la pequeña caja, el cofre dorado con la portezuela, el tabernáculo que encierra el ojo. Y que cierra una llave. Ese día soy devota. En ayunas. Permanezco en silencio. Durante la elevación me conmuevo y debo llorar. A veces, en Grecia, entraba en las iglesitas ortodoxas para honrar el iconostasio. Doy la limosna para las velas, dracmas desgastadas y pringosas. Para las velas color miel, color del sol apagado, de recuerdos. De fuego y arena, casi humanas al tacto. Frágiles, dúctiles, espíritus. Luego una mano las agarra todas, como si las agarrara por los pelos, y las tira en un recipiente con arena. Regresan allí de donde vienen. No las apagan. Las dejan arder hasta el último aliento. Están todavía rectas, encendidas. Se aflojan, se encaminan hacia la disolución, curvándose. Quien agarre las velas moribundas no sofoca el fuego. No quisiera velas de color. Me repugnan las velas pintadas. O las rojas. Las que imitan la Navidad. Se aplaude y todos ríen cuando en un cumpleaños se apagan de un soplo las velitas. Azules y rosa.
Conocí a Agnes el día en que cumplió doce años. Se había negado a apagar las velas. Desde entonces somos inseparables. Como una enfermedad. A los dieciocho años convenía vivir juntas. Ella deja a una madre necesitada de afecto. Yo no dejo a nadie. A veces, invitamos a su madre. “Ah, si hubiera hecho como vosotras.” Decía. Luego, a mis espaldas, oí que le decía a su hija: “Cásate con un hombre”. La pequeña frase se había vuelto una letanía insistente. Yo limpiaba la casa, mi novia dormía. La alcanzaba en el sueño. Agnes se volvía indiferente, en la cama. Nuestra convivencia pasional nació enseguida, por atracción. A los doce años, mi niña, Agnes, era una furia. Me asaltaba en cualquier lugar. Ella fue quien tomó la iniciativa, tengo pocos años más que ella. La iniciativa sexual. En aquel tiempo ella empleaba todavía las palabras. Pequeños regalos. Flores. La cortejaba. Ella tiraba las flores. Se reía de las palabras. No sabía qué hacer con los regalos. Antes de mí se había enamorado de una compañera del colegio. Iba a buscarla a la salida de clase. La dejó después de unos meses. La compañera de colegio cayó enferma. No tenía ni la fuerza ni la energía para aceptar la pasión amorosa, y el abandono. Vi a Agnes arrastrar por el pelo a la niña en un prado.
La pasión amorosa que nos unió indisolublemente (eso parecía) se acabó. A los veintitrés años la madre de Agnes y yo la ataviamos de esposa. El vestido de novia se encamina lentamente a inclinarse ante el altar. Agnes me miró. Un fulgor inquieto se apoderó de ella. Agnes estaba loca por aquel hombre. A su lado, arrodillado ante el altar. Oí dos sí.
Deja que me vaya o te mato, eso me dijo poco antes de casarse. Aque “deja que me vaya” me ofendió. El “te mato” me alegró mucho. Mientras diseñaba su vestido, era como hacerle un tatuaje en la piel. Las hojas de papel eran su piel. Y cuando se fue sentí alivio. El alivio que puede sentirse al ser abandonados. La casa me parecía más aireada y desolada. Su presencia se desvanecía. Y todos los días regresaba más. La madre de Agnes y yo jugábamos a las cartas. También la madre de Agnes inteta tirárseme encima. Me dice que la hija siempre ha dormido con ella. ¿Y a mí qué me importa? Le ruego que no me hable de Agnes.
Entonces cojo una correa y la arrastro hacia la puerta. Se acurruca, la vieja, en el pasillo. Jadea. Sólo jugaremos a las cartas, promete. Nada más. No por ello le quito la correa. ¿Acaso no fue ella quien instigó a la hija a casarse? Muchas veces, al salir de la oficina, yo entraba en alguna tienda. Lo miraba todo, meticulosamente. Los frasquitos de perfume, las joyas. Las cámaras fotográficas. Sentía ganas de robar. Para ella. Hacía el gesto. Luego devolvía mi gesto, la idea del gesto, a su sitio. Compraba plantitas de orquídeas. Venían de Holanda. De Sudamérica. Las había visto también en el Mediterráneo. Crecer en la humdad. Blancas, ojitos violeta. Rosadas, pálidas, una expresión maligna. Acídulas. Amarillas. Duraban mucho. Poca tierra. Pocos nutrientes. Se despiertan con la oscuridad, de noche. Ávidas de compañía. Cuando se apaciguan, se convierten en pequeñas calaveras con sus pecheras. Diminutos pajaritos nocturnos. Me miran. Los miro.
Acabo de recibir la visita del marido de Agnes. Agnes estaba en el jardín. Olvidaba decirles que el marido tiene una deliciosa casita en el campo. Un pequeño reino para una pareja de recién casados. El jardín colinda con otros jardines. Y otros jardines, hasta los contenedores de la basura. La encontró dormida en una tumbona. En el regazo, un libro de poesía. No me dijo el autor, es ignorante. Creo que es Robert Frost. Se lo regalé yo. La llamó. “Agnes, Agnes.” No quería despertarla. La vegetación se amodorraba en una calma violenta. Conozco el campo. En invierno, cuando está envuelto en un delicioso sudario. Ya saben, esa neblina, enojosa. Parece inerte, no lo está. Agnes. No puede contestar. Ni leer. El libro acaba de resbalarle de las manos. En el dedo, sólo el anillo que le había regalado yo. Sólo yo.
Imagino a un hombre loco de dolor en el hermoso jardín. Está fuera de sí. Lo entiendo. Entiendo cuando un hombre está trastornado. Me lo dice. Lo repite. Está trastornado. Me aburro ligeramente. No lo dejo traslucir. Soy la única que lo entiende. ¿No la he amado yo también? Antes que él. Somos dos los que la hemos amado. Amado de verdad. Dice. Es superfluo que él diga “de verdad”. Pero la gente siempre habla demasiado. Añade. En lugar de quitar. Estoy tranquila. Muerte natural, dice. ¿Por qué? Pregunto, con poca curiosidad. Últimamente esta inquieta. Ya no le oigo. Me dejo llevar. Mientras habla el hombre, yo divago. No experimento conmoción alguna. No siento dolor. El dolor ya ha sido. Ya no vuelve. Ya no visita. En casa, en la habitación, regresa el dolor. Como una gracia recibida. En mi casa. Como si sólo la casa fuera el lugar de la pérdida. Oigo todavía al hombre. Emplea la palabra felicidad en su mueca de dolor. Habrá tenido momentos de felicidad. ¿Qué se entiende por muerte natural? ¿No basta con decir: “Está muerta”? Fui feliz, repite en su dolor. Intenta hacer que pese sobre mí su felicidad y el dolor. Ha obtenido satisfacción a mi costa. Lo ha logrado. Ella me habría matado si no le hubiera dado satisfacción a aquel que sería su marido. Fue como un duelo. Le ofrecí el traje de novia, el anillo. Y algo que no puedo decir. Él dijo que le habría quitado el anillo. Yo pensaba: le he quitado la vida. Así, como por decir algo. Pero el marido no lo oyó.
Ahora va a menudo al cementerio. No muy lejos de su jardín. Yo no. No creo en esas cosas materiales.

Fleur Jaeggy (El último de la estirpe)

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El diario Down

Libro de Francisco Rodríguez Criado en el que el autor relata su experiencia como padre de un niño con síndrome de Down, desde el dolor y el desencanto inicial a la aceptación plena del hijo. Su contenido es un alegato de amor a favor del chico, una solicitud de perdón por las negaciones del principio y un canto a la emotividad, el optimismo y el humor.
El diario Down (Ediciones Tolstoievski, 2016) está muy bien escrito, posee ciertas similitudes con Mortal y rosa de Francisco Umbral, y es de fácil y amena lectura.

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Menos mal que mi padre me defendía de todos. Y espero que siga haciéndolo, pues el hecho de que esté muerto no supone que no pueda seguir defendiéndome como hasta ahora. Yo sé que cuento con él y, cuando lo necesite, lo llamaré haciendo lo que él me dijo cuando me enseñó aquel día a mirar el agua: arrojando una piedra a ella para que él me oiga, pues toda el agua del mundo está comunicada entre sí, desde los ríos a los neveros de las montañas y desde éstos a los océanos, según parece. Tú tiras una piedra a un canal de riego y la onda que forma se multiplica recorriendo todas las aguas del mundo, desde España hasta América y desde América hasta el Japón. Así que quien puede oírla la oye, se encuentre donde se encuentre, ya sea en una charca o en un pantano como éste, o en el mar, donde habrá marineros mirando ahora los círculos que mi madre formó al tirar las flores que trajo desde la laguna al agua. Todavía se las ve en el centro de ellos, como si el pantano hubiera formado una corona nueva.
Cuando era niño, me acuerdo de lo que me gustaba jugar a tirar al agua piedras ligeras, cuanto más ligeras mejor, y ver cómo saltaban sin hundirse, a veces hasta llegar a la orilla opuesta. Entonces era del río, o de las balsas y de las charcas, en la laguna. El agua siempre me atrajo, quizá por lo que mi padre me contó luego, cuando crecí. Porque hasta que pasó algún tiempo mi padre no me contó lo que ocurrió con el pueblo en el que nacimos y por el que mi madre lloraba algunas veces lo mismo que si fuera una persona. Así que yo pensaba que lo era, una persona como Valentín, el hermano que se nos murió tan pronto. Cuando supe lo que le ocurrió a mi pueblo fue cuando vine aquí la primera vez con mi madre y con mi hermano Toño. Él no quiso acompañarnos. Él se quedó en la laguna, como hizo todas las veces en que volvimos hasta el día de hoy. Un día me dijo (cuando le pregunté el motivo) que prefería recordar este valle tal como era, como hacía con las personas que se morían. Se negaba siempre a verlas para poder recordarlas vivas. Y yo lo comprendo. De hecho, hago lo mismo que él: me niego a ver a los que se mueren, no porque me den miedo, ni mucho menos, sino porque quiero seguir viéndolos en vida. Por eso me negué a mirarlo a él cuando Teresa me dijo que se había muerto (yo estaba fuera de la habitación y mi hermana salió llorando a comunicármelo) y por eso ahora he mirado hacia otro lado cuando Teresa abrió la urna con sus cenizas y las tiró. Yo prefiero seguir viéndolo vivo siempre, como cuándo íbamos en el tractor, él conduciendo y yo a su lado, por los caminos, o como esta mañana antes de venir aquí, cuando me despidió desde el sitio en el que se sentaba siempre, en el rincón del banco de las herramientas…
¿Nos vamos?… Creo que nos vamos ya. Teresa por lo menos ha comenzado a andar hacia la carretera, hacia el lugar donde dejamos los coches. Entre Virginia y ella llevan del brazo a mi madre y detrás va mi hermano Toño, con Elena agarrada del suyo como casi siempre. Daniel y la novia, sin embargo, van uno al lado del otro pero separados; se ve que les da vergüenza agarrarse del brazo delante de los demás. Poco a poco, todos empiezan a andar en dirección a la carretera, que desde aquí no se ve pero se adivina por el corte que hace en la cuesta que sube hacia el mirador… “¿Vamos, tío?”, me pregunta Raquel antes de marchar también. Se ve que ha vuelto a llorar, pues tiene lágrimas en los ojos.
Pero yo espero hasta que se alejan todos. Quiero quedarme solo con él para despedirlo como se merece. Aunque sé que va a seguir conmigo, no voy a volver a verlo hasta que regrese aquí. Y a lo mejor pasa mucho tiempo. Y, además, no quiero que mis hermanos escuchen lo que le digo, pues pensarían que no estoy bien de la cabeza. Ellos no entienden que mi padre y yo hablemos como cuando estaba vivo ni que yo me dirija a él como si de verdad me oyera. Así que mejor que no me escuchen y que piensen que estoy mirando el agua (como si no me hubiese enterado de que ellos se han ido ya hacia los coches), abstraído como siempre, con la cabeza en otro lugar, que es lo que todos me dicen siempre. Eso sí, los que vuelven la suya son todos ellos cuando, ya lejos de la orilla, oyen el ruido que hace en el agua la piedra que traje de la laguna para que mi padre nunca se olvide de dónde estoy y de dónde tiene su casa.

Julio Llamazares

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… La verdad es que mi padre siempre me trató muy bien. Por eso lo quiero tanto, más que a mi madre, aunque también la quiero. Y a mis hermanos lo mismo. Y a mis sobrinos, sobre todo a los de Valladolid, que son los que más vienen a verme. Pero al que más quiero es a él. Y al que más quiere él es a mí. No me lo dijo nunca, pero lo sé porque era con el que más hablaba y con el que más horas pasaba antes de irse a la residencia. Incluso en ésta, cuando íbamos a verlo, con el que más hablaba era conmigo, mucho más que con Teresa, a la que tenía cierta prevención. Decía que mi hermana, como mi madre, siempre estaba organizándole la vida.
A mí, por suerte, no me la organiza nadie. Desde que vivo solo, soy el dueño de mi vida y hago lo que me parece. La gente piensa que vivir solo es muy triste, pero se equivoca. Yo soy muy feliz así. Aunque lo sería aún más si él estuviera conmigo, los dos juntos, sin mi madre, como la vez que ésta estuvo en el hospital y nos quedamos solos una semana entera. ¡Qué bien vivimos aquellos días!
Por suerte, ahora vamos a vivir así: él aquí y yo en nuestra casa, pero más unidos que nunca. Me lo dijo esta mañana antes de subir al coche: “Me voy, pero estaré contigo siempre que me necesites”. Y yo sé que lo va a hacer. Siempre cumplió su palabra, se nota que le quedó la costumbre de cuando fue tratante de vacas por estas montañas. En las ciudades la gente no es de fiar, lo sé por mis hermanos y por algún sobrino, que me lo cuenta, y en la laguna algunos tampoco, mis vecinos por ejemplo, que me están vigilando siempre, pero él era un hombre de una palabra. Así que no tengo duda de que vendrá siempre que lo necesite, siempre que me sienta solo, que será cuando me haga viejo. Porque él no va a envejecer ya más. Él se va a quedar siempre como era, como lo vi esta mañana antes de subir al coche, sentado en el corral, en el rincón del banco de las herramientas.
Era su sitio preferido. Sobre todo en el invierno, cuando en el campo no hay nada que hacer porque la tierra está quemada por los hielos, se pasaba las horas en ese rincón, al abrigo de las temperaturas, arreglando alguna herramienta o preparando otras para la primavera. En la cocina no le gustaba estar; el calor del fuego le adormecía, me decía siempre. Uno de aquellos días de invierno fue cuando me contó lo de Valentín, el hermano mayor, que murió muy pronto y por el que mi madre llora todavía alguna vez a pesar de que ya han pasado setenta años o más, y otro me confesó lo que pensaba hacer cuando se muriera, que es lo que acaba de hacer unos instantes. Me lo dijo en gran secreto, pidiéndome que no se lo contara a nadie, y yo así lo hice. Pero se ve que mi madre se enteró. O que se lo contó él a ella también cuando vio que la muerte se le aproximaba. Porque yo a nadie se lo conté. Ni siquiera dije que lo sabía cuando mi madre nos lo anunció a sus hijos en el hospital cuando iba a morir. Es mejor que nadie sepa lo que tú sabes, así te evitas problemas.
El día que me lo contó ya mis hermanos vivían fuera de casa, quizá lo hizo por eso. Para que sólo yo lo supiera. Me acuerdo de que estábamos arreglando una rueda del tractor y de repente me preguntó si le guardaría un secreto. Yo le contesté que sí, no hacía falta, pero lo hice, y él me confesó entonces que, cuando se muriera, quería que le trajéramos de vuelta al pantano, lo más cerca posible del lugar en el que estuvo el pueblo en el que nacimos, del que ya no quedan ni los recuerdos. Yo por lo menos no tengo ninguno. Era pequeño cuando me fui y de lo único que me acuerdo de él es de la peña que lo cubría y que es la misma que ahora estoy viendo, sólo que sumergida a medias bajo el pantano. Lo sé porque está mellada, como si le faltara un diente, igual que la veía entonces.
Otra vez, tiempo después, un día que caminábamos al lado de un canal de riego, me enseñó cómo había que mirar el agua. Porque no todo el mundo la mira de la misma forma, me dijo. Unos lo único que ven de ella es su interés, si les sirve para beber o para regar las tierras, para venderla en garrafas como hacen muchas empresas, mientras que otros la miran sin fijarse en ella, al pasar al lado de un río, de un pozo o de una laguna. Pero nosotros, me dijo él, tenemos que ver el agua de otra manera. Nosotros no podemos contemplarla sin respeto después de lo que nos supuso ni despreciarla como hacen otros, esos que la malgastan sin darle uso porque no saben lo que cuesta conseguirla. Y, mientras lo decía, mi padre miraba el agua del canal, que corría libre de finca en finca aquella mañana sin nadie que la robara excepto los pájaros, que bebían de ella al pasar volando sin detenerse a mirarla como nosotros. Debía de ser primavera, porque el cielo estaba limpio y azul como el de esta mañana.
Desde aquel día yo miro el agua siempre como él me dijo: con respeto y emoción, pues se lo debo a mis antepasados. Por eso me duele ver a gente tirar cosas a ella o derrocharla, como el dolía a él, que se enfadaba con el que lo hacía. Hasta llegó a pelearse un día con un cazador de Palencia al que descubrimos tirando cartuchos a un canal de riego. Menos mal que vinieron los compañeros de éste a separarlos, porque mi padre estaba furioso y yo no me atrevía a meterme entre los dos. Yo no soy tan valiente como él. Yo en seguida me acobardo en cuanto alguien se enfada conmigo.

Julio Llamazares

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AGUSTÍN (Último capítulo de Distintas formas de mirar el agua)

Hay distintas formas de mirar el agua, depende de cada uno y de lo que busque. Siempre me lo dijo él.
Él lo sabía todo del agua, y del aire, y de la tierra… Él sabía, por ejemplo, cuándo iba a llover y lo decía: “Va a llover”. Y llovía. Nunca se equivocaba. Sólo una vez no acertó y fue cuando la tormenta que no trajo agua porque era seca, pero quemó la cosecha que teníamos en la era para trillar. Cayó un rayo y ardió todo, hasta los trillos, que hubo que comprar de nuevo.
La forma de mirar el agua me la enseñó él también. Él me lo enseñaba todo. Desde que empecé a ser hombre, él me enseñó todo lo que sé, más que mi madre, que me ha enseñado muy pocas cosas. Mi madre lo único que hace es regañarme, menos mal que ahora está en la residencia. Él, en cambio, me decía: “Prepárate, que vamos a trabajar”. Por el camino me decía lo que haríamos y en qué fincas y así todo iba a la perfección. Yo me dejaba guiar por él. ¿Qué iba a discutirle yo si él lo sabía todo?
Recuerdo, por ejemplo, aquel invierno que heló tanto que los frutales se congelaban y se morían de puro frío. La gente no sabía qué hacer, pero mi padre en seguida encontró la solución: hacer hogueras junto a los troncos para calentar la savia. Y se salvaron la mayoría de ellos. E igual el año de las orugas que se comían las plantas del girasol. Él en seguida dijo que había que envenenarlas con un producto que fue a buscar a Palencia. Y así salvó la cosecha.
Pero de lo que más sabía él era del ganado. Como toda la vida tuvo vacas, incluso anduvo al trato cuando era más joven, lo sabía todo de ellas, y de los cerdos, y de las ovejas. En la laguna nunca tuvimos ovejas, sólo vacas y caballos (el mejor de todos fue Susarón, ¡cómo tiraba él solo del carro!), pero, cuando algún vecino tenía un problema con sus ovejas, siempre recurría a él. Era el que más sabía de la laguna. De enfermedades, de lo que fuera. Le bastaba con ver las ovejas para saber qué enfermedad padecían.
A las personas también las conocía en seguida. Como dijera que alguien no le gustaba, acertaba. Y al revés: como dijera que alguien era de fiar, lo mismo. Por eso yo le hacía caso siempre, incluso cuando ya estaba en la residencia. Cuando tenía que hacer algo pensaba qué haría él y eso hacía. Y lo seguiré haciendo, ahora con más razón todavía. Porque sé que él no está muerto del todo. Lo sé desde esta mañana, cuando lo vi en el corral sentado al lado del banco de las herramientas. No se lo he dicho a nadie para que no me tomen por loco.
Aunque a mí me da igual lo que piensen. Sé que esta tarde se marcharán y me quedaré solo en casa y así no tendré que contar con nadie para gobernar mi vida. Excepto con él. Él y yo seguiremos gobernando nuestra casa y nuestras vidas salvo que mi madre venga de visita, que espero que sea poco. No es que yo no la quiera, que la quiero, es que no me gusta que me esté mandando siempre. Haz esto, haz lo otro, vete a tal sitio, vete al otro, así está todo el día. ¡Con lo bien que vivo yo solo desde que se fueron a la residencia!… Aunque a él sí lo eché de menos. De él sí me acordé bastante porque estábamos todo el día juntos.
Sobre todo a partir de que Toño se fue a hacer el servicio militar a Barcelona (yo no lo hice, mi padre no me dejó), hemos estado juntos a todas horas, los dos solos casi siempre, excepto en casa, donde mi madre nos esperaba cuando volvíamos del campo o de donde fuera. Teresa se había casado ya y Virginia estaba estudiando en Palencia para maestra. Venían de vez en cuando de visita, sobre todo Virginia hasta que se casó también, pero, salvo en verano y en Navidad, yo estaba solo con mi madre y él casi todo el tiempo. Así que los tres vivimos felices, mi padre yt yo trabajando el campo y mi madre cuidando de la casa y de los animales, que eran ya pocos. Cuando Toño dijo que no volvía, que se quedaba a vivir en Barcelona y se casaba, mi padre vendió las vacas y nos quedamos sólo con la agricultura. Entre él y yo nos bastábamos para atender las tierras y para vivir los tres era suficiente. Luego, cuando se hicieron viejos, dejamos también las tierras, pues yo solo no podía con todo. Y además ¿para qué tanto trabajar? Cobrando ellos la pensión, para los tres teníamos más que de sobra.
Ahora cobraré yo la suya, dicen. Me lo dijo ayer Miguel y esta mañana otra vez Teresa. Aunque a mí me importa poco. Para vivir me sobra con lo que tengo, no necesito más. Teniendo para tabaco y para café me sobra todo el dinero. Y de comer nunca va a faltarme. Teresa viene cada ocho días y me trae comida para otros ocho. Porque lo que no sé es cocinar. Mi madre no me enseñó y él tampoco me dejó que aprendiera. Decía que la cocina es cosa de las mujeres. Pero me habría venido bien. Así no tendría Teresa que ir y venir cada poco y yo viviría más tranquilo. Cada vez que mi hermana aparece, aparte de revolucionar la casa, me regaña igual que mi madre, porque dice que la tengo hecha una pocilga.
Él, en cambio, jamás me regañaba. Ni cuando era pequeño, que los padres suelen reñir a los hijos por cualquier cosa. A mí él nunca me riñó, ni siquiera el día en que le volqué el tractor, que me dejaba conducir por los caminos y por las fincas alguna vez. Aquélla no le hice caso y, por arrimarme mucho a una cuneta, metí una rueda dentro y volcamos; menos mal que no nos pasó nada a ninguno. El año anterior se había matado un hombre en Villaumbrales de la misma forma. Yo pensé que me iba a reñir, pero, en lugar de eso, cuando se levantó del suelo, lo que hizo fue venir a ver si yo estaba bien, que lo estaba, y, cuando vio que no nos había pasado nada a ninguno, me pasó el brazo por el hombro y me dijo que íbamos a ir a celebrarlo al bar. Eso sí, cuando algún vecino nos ayudara con su tractor a volver a enderezar el nuestro…

Julio Llamazares

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La edad de la inocencia

Edith Wharton (Nueva York, 1862-Saint-Brice-Sous-Forêt, 1937), amiga de Henry James y una de las voces más singulares de principios del siglo XX, fue la autora de, entre otros libros, La casa de la alegría (1905), Ethan Frome (1911), Las costumbres del país (1913), la autobiografía Una mirada atrás (1934) y un excelente ensayo de teoría literaria titulado La escritura de ficción.
Con La edad de la inocencia (1920), Edith Wharton consigue el Premio Pulitzer, novela surgida de una conversación con un amigo de la infancia sobre lo diferente que era el Nueva York de principios de siglo de aquél otro de 1870 de calles terrosas y edificios de dos o tres plantas. En pocos años se había pasado de una estructura social con un orden y unas reglas establecidas a otra con unas ideas más abiertas, una libertad a ultranza y la desmesura económica y urbanística. El mundo de su infancia y juventud ya no existía y el amigo de Edith le sugirió recuperarlo en una novela.
En La edad de la inocencia se describe de manera magnífica ese mundo estructurado de la clase alta neoyorkina donde decidir por sí mismo era problemático y de mal gusto.
Newland Archer se va a casar con su prometida, May Welland, y va a consolidar con ello su posición social, pero el regreso desde Europa de Madame Olenska, perteneciente a la familia de May y en trámites de separación, lo va a trastocar todo. Archer, abogado defensor del posible divorcio de Ellen Olenska, se enamora de ella y el círculo familiar va a confabularse para evitar el abandono de May. “La tribu entera se había reunido en torno de su esposa, él era un prisionero en el centro de un campamento armado”.
Dentro de la novela se dan muchos detalles de la decoración, los vestidos, los servicios de mesa y las flores de la época, todo ello con una gran sensibilidad. Otro aspecto a destacar de la obra es ese narrador omnisciente, en apariencia neutro, que nos cuenta lo que sienten los personajes.
A pesar del amor por la ciudad de su infancia, la autora también hace una crítica solapada a su cerrazón e inmovilismo. Edith Wharton recrea un mundo propio que domina como nadie porque lo ha vivido y nos regala un libro de una escritura elegante y un final acorde con el romanticismo y los grandes momentos líricos que enriquecen la novela.
Ellen Olenska: “No puedo amarte a menos que renuncie a ti y tú no podrías ser feliz si eso significara ser cruel… Si actuamos de otro modo te estaría haciendo actuar contra aquello que amo de ti”.

José Sánchez Rincón

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Los peces no cierran los ojos

Erri De Luca (Nápoles, 1950) es un autor sorprendente. Persona de una gran humildad, está considerado uno de los mejores escritores italianos actuales a pesar de haber comenzado a escribir a una edad avanzada y, además, haberse dedicado a oficios tan variopintos y alejados de la escritura como mecánico, albañil o conductor de vehículos humanitarios durante la guerra de Bosnia.
Creador de otras obras de carácter biográfico (Aquí no, ahora no), nos conmueve con Los peces no cierran los ojos, novela donde plasma desde la madurez el verano mágico de sus diez años: la alegría al deambular libremente por una isla cercana a Nápoles y su admiración por la sabiduría, esfuerzo y destreza de los pescadores. De Luca nos habla, también, de sus dificultades para adaptar el cuerpo al crecimiento de su mente, de sus problemas con las matemáticas, del aprendizaje de la lengua a través de los crucigramas, de su falta de empatía con otros niños y del descubrimiento de una muchacha de la que no recuerda el nombre, conocedora del lenguaje de los animales, y con la que vive una aventura de amor singular.
Escrita en primera persona, esta novela es breve, sencilla y emotiva. Erri De Luca tiene una forma de narrar parecida a la de Marguerite Durás en El amante, en la que se crea una verdad pasmosa donde se condensan el espacio y el tiempo. El autor sugiere e insinúa; aunque también nos da cuenta de los hechos más relevantes de su familia.
Los peces no cierran los ojos es un pequeño milagro; el recuerdo nostálgico, borroso y festivo del verano en el que se acaba la niñez y se descubre que el mundo es de otra manera a como lo habíamos vivido e imaginado.

Párrafos seleccionados del libro:

“Ella me cogió de la mano por debajo del agua y me la apretó. No era madreperla ni pan, era corriente eléctrica”.
“A ella le debo la liberación del verbo amar, que en mi vocabulario estaba bajo arresto”.
“En septiembre ocurren días de cielo descendido en la tierra. Se abre el puente levadizo de su castillo en el aire y, bajando por una escalera azul, el cielo se apoya durante un rato en el suelo. A los diez años podía ver los peldaños escuadrados y recorrerlos hacia arriba con los ojos. Hoy me contento con haberlos visto y con creer que siguen existiendo”.
“Yo creo en lo que veo escrito. Hablando se dicen un montón de mentiras. Pero cuando uno las escribe, entonces son verdad”.
“Mi padre falta desde hace dos años. El otoño pasado, era noviembre, fui al cementerio. Hacía frío, no era época de mariposas. Sin embargo, una blanca se me acercó volando y fue a posarse sobre mi rodilla, donde él ponía su mano”.

José Sánchez Rincón

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