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Posts Tagged ‘Textos’

Wolfgan Borchert

“Los poetas heroicamente enmudecidos, solitarios, deben irse y aprender cómo se hace un zapato, se atrapa un pez y se tapan las goteras de un tejado, pues toda su afectación y parloteo atormentado, sangriento, desesperado, es parloteo ante las noches de mayo, ante el grito del cuclillo, ante las palabras verdaderas del mundo. Pues ¿quién entre nosotros, quién sabe una rima para el estertor de un pulmón acribillado a balazos, una rima para el grito de una ejecución, quién conoce la medida rítmica del verso para una violación, quién sabe una medida de verso para el tableteo de una ametralladora, un vocablo para el grito recién enmudecido del ojo de un caballo muerto en el que ya no se refleja el cielo, ni siquiera los pueblos incendiados, qué impronta tiene un signo para el rojo óxido de los vagones de mercancías, ese rojo de mundo en llamas, ese rojo seco, de costra de sangre, sobre la blanca piel humana?”
Wolfgang Borchert (Hamburgo, 1921-1947)

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Pájaro de plata muerta

PÁJARO DE PLATA MUERTA

Nací en ninguna parte. O no nací. O nací −de haber nacido acaso− en un lugar que ya no existe. Por eso lo llamo Augasquentes. No le encuentro otro nombre en mi memoria, por más que en ella escruto. Y por eso nadie podría en rigor probar que ese lugar no se llama así. O puede incluso que Augasquentes fuese el nombre de la faz no visible de un lugar que acaso se designase en el mapa de otro modo. Vaya entonces a saber usted dónde he nacido, de haber nacido, digo.
Porque también la casa donde parece que acaeció ese presunto nacimiento ha sido demolida y ya no quedan restos de ella, ni cimientos ni nada. Fantasma, pues, imagen del recuerdo. Parque de San Lázaro, santo de mi mucha devoción el pobre Lázaro.
Se veían desde el balcón de la casa las luces, lejos, muy lejos, de Santa María de Melias. También desde aquel balcón debió de oírse, posiblemente, el llanto ritual por Andrés Nieto, que murió o fue muerto de inmediato al empezar la guerra, no sé dónde. ¿Fue tal vez en Asturias? Llanto y miedo de todas las maneras, en aquel tiempo, cuando estaba la tierra tan sembrada de muerte.
Tenía yo siete años, niño de familia de bien y muy cristiana y de derechas y con un tío fraile, gracias sean dadas a Dios, quien ya había muerto por aquel entonces en muchísimas naciones, mas no en la nuestra invicta. El caso es que a mí en la invicta casi todos me daban la impresión de estar vencidos. Pienso, no obstante, que algunos andaban más descabalgados que otros.
Quizá por eso me llevó mi padre a visitar a sus amigos con menos triunfos. Les llamaban rojos, aunque por el color −hombre rojo, pero enrabiado− no se percataba uno de gran cosa. Me llevó a verlos a monasterio de Oseira. Sí, allí estuve, niño aún, mirando a los rojos. También ellos me miraron y no sé bien qué especie de trueque hubo en la mirada aquella. Nunca la olvidaré. Rojos, por desgracia suya, bien se veían que lo eran, cuitados.
Entre ellos, Abelardo el de la chocolatería, que fue abastecedor dorado de mi infancia. Quedaba uno sobrecogido y casi con deseos de llorar. Y no había para hacerlo ni causa ni por qué, supongo ahora. Suerte tenían aquellos rojos. Iban sobreviviendo. Estaban allí. Otros no estaban. O ya no estaban. O nunca habían estado. Para siempre.
Mi padre, aunque derechista y del cuerpo de Caballeros de Santiago o falanges de segunda línea, se negó a salir al amanecer con los camiones −para qué tenía que haber salido, nosotros, los pequeños, lo ignorábamos− y fue arrestado. Nadie nos aclaraba el secreto. Nosotros lo íbamos a ver en su arresto y él callaba melancólico.
Aquí, en este punto y hora, en esta melancolía, crítica y biografía convergen o son, en realidad, una sola y misma cosa. Agua que mueve idéntico molino. Ya ahora, cuando somos como Krapp, cuando estamos escuchando como Krapp la última cinta, no tenemos tiempo ni disposición para la crítica como metodológica. Ya sólo sentimos la crítica como metodología. Ya sólo sentimos la crítica como afinidad o casi, diríamos, como autobiografía. En esa afinidad de raíz es donde hace Pimentel su aparición.
Delicada y honda figura. Pájaro de plata viva. Pimentel. Sonoridad del nombre. Secreto de la persona. Nadie, en su tiempo y en nuestra tierra, habló poéticamente con misterio mayor. “Más allá de la niebla, más allá del mar, más allá de la lluvia, más allá del bosque.” ¿Dónde? Allende. Tierra de allende, nuestra tierra. Y más allá de allende, y allende de allende ¿qué viste, Pimentel?
Un hombre muerto en la cuneta. Una mujer que llora. La nada. Pájaro de plata muerta. Estaba nuestro padre, en su arresto, melancólico. Los camiones del amanecer sembraban de muertos las cunetas. En nuestro lugar le decían a aquello llevar a alguien a las claudias o claudiarlo. Cuánta soledad en el aire. Cuánta en la tierra. Cuántos secretos llenan, Pimentel, tus palabras de luces y de sombras.

José Ángel Valente, Cántigas de alén

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Cita con el doctor

Comprenderá, doctor, que no es plan. O tengo frío o tengo calor. Sudo mucho, me duelen los músculos y me aflige un cansancio terrible. Me paso todo el día estornudando y tosiendo, y la medicación no hace el menor efecto. Así llevo dos semanas. Dos semanas en las que no me hubiera levantado de la cama si las circunstancias hubieran sido favorables. Pero ¿cuándo son favorables las circunstancias? Nunca. Dígame usted un caso. No lo recuerda, ¿verdad? Pues eso. Como para quedarse uno en cama y curarse de la enfermedad, eso es cosa de aristócratas o de ricos. Si un rico está enfermo, pues se queda en cama y no va a ese día a jugar al golf ni visita a su amante, pero yo… Yo me he convertido en un enfermo crónico. Todo iba relativamente bien hasta que una mañana mi mujer me despertó y me dijo con una voz falsamente tranquila: “Vístete, que he roto aguas”. Somnoliento, fuera de contexto, escuché pasivamente ese pie de diálogo austero, a lo Hemingway. Yo no dije nada, me vestí… y no he vuelto a desvestirme. Ya ve, han pasado nueve meses y aquí sigo, crónicamente vestido con el mono de faena. El niño nació con el síndrome de Down y desde entonces su padre merodea los andurriales de la vida abrazado a las farolas, por no caerme y por recibir algo de luz, como los borrachos, aunque le confieso que yo no tomo una gota de alcohol, nunca la probé, o casi nunca, soy así de raro. Un escritor que no fuma, no bebe y no anda con mujeres malas, como se suele decir. Sí, soy escritor, o lo era. O por decirlo con propiedad: yo estaba destinado a ser escritor, un gran escritor, hasta que mi mujer me pidió aquella mañana que me vistiera… Desde entonces me paso la vida entre médicos (endocrinos, cardiólogos, fisioterapeutas, ginecólogos, pediatras, rehabilitadores…). Unos para mi mujer, otros para el niño y últimamente para mí también. Ese niño que ahora tiene nueve meses es un amor, ese niño al que operaron de una cardiopatía congénita el día que cumplió cinco meses. Y desde entonces, desde hace nueve meses, digo, estoy enfermo. Me fui cansado a las vacaciones, regresé cansado y sigo cansado. Cansado y enfermo. No sería nada grave si no fuera porque tengo que fingir que reboso salud. Así que he de levantarme cada mañana, vestirme (“Vístete, que he roto aguas”), llevar a mi mujer al trabajo, llevar al niño a clases en la Fundación Down, llevar a los perros de paseo (tres veces al día como mínimo, haga frío o calor, diluvie o nieve). Soy un esclavo del verbo “llevar”, soy un llevador profesional, y así, claro, no puede uno escribir una obra maestra ni ponerse malo. Bueno, ponerse malo sí se puede, lo que no puede es curarse. Verá, doctor, lo que realmente me gustaría es irme a casa de mi madre para que me cuide, que me cuide como cuando era un niño y tenía unas décimas de fiebre y entonces yo no me levantaba de la cama en un par de días, porque no tenía perros, ni mujer ni hijos, ni facturas que pagar, solo tenía fiebre, esa fiebre adorable que no mata y te convierte en el destinatario de miles de besos y abrazos. Eso quisiera yo, irme con mi mamá, o mejor aún: regresar al útero materno, esa sauna donde se está tan calentito, donde no hay que llevar a nadie a ninguna parte, donde no hay tareas pendientes, ni agendas que seguir, ni coches que conducir, ni pecados que purgar. El útero materno es el paraíso y todo lo que está fuera es el infierno. ¿No cree usted, doctor?
Yo que me creía predestinado para grandes causas, he acabado de taxista, niñera, recadero, masajista, ama de casa… ¿Imagina usted a Homero dando el biberón? ¿Imagina a Dante cambiando los pañales?, ¿a Shakespeare preparando la papilla?, ¿a Goethe comprando el pan o fregando los platos? Entonces yo, ¿por qué, por qué?
Pero a lo que íbamos, necesitaría vivir en una casa con mucha gente, o en una casa sin nadie, donde estuviera solo con mis pensamientos y mi enfermedad. Estaría bien vivir con mucha gente, porque podrían cuidarme, por turnos, sin demasiado desgaste para ellos. Y si viviera solo, estupendo igualmente, porque al menos no tendría que cuidar a nadie y podría dedicarme a enfermar y curarme sin restricciones, sin interferencias del mundanal ruido.
¿Cree usted que desvarío?
El doctor, que no es psiquiatra ni psicólogo (es tan solo mi médico de cabecera), me mira por encima de las gafas, me examina (examina esa rareza que me engloba) y se limita a pronunciar palabras harto conocidas, huérfanas de romanticismo y de empatía: paracetamol, codeína, antibióticos, jarabe para la tos. Yo escucho esa letanía que llega a mis oídos mecida por el soplido de la indiferencia. Es un listado agramatical, sin articulación lingüística, sin humanidad (recordemos que es el lenguaje lo que nos hace un poco humanos a los seres humanos).
–Sobrevivirá –me dice en tono neutro.
Bien, pienso yo, mi catarro con un poco de suerte se curará, ¿pero quién me curará el alma? ¿Servirá la codeína para aliviar el hastío existencial? ¿A qué he de sobrevivir?
No digo nada: cuando a uno no le comprenden, lo mejor es callar. Me despido educadamente y enfilo mis pasos hacia el hogar dulce hogar, donde hay una cama apetecible en la que me gustaría acostarme hasta los próximos mundiales de fútbol (imposible: las circunstancias nunca son favorables…). Aprovechando la cercanía de una farmacia, entro y pronuncio las palabras mágicas: paracetamol, codeína, antibióticos, jarabe para la tos.
–Así estamos todos –dice la farmacéutica una vez descodificado mi mensaje. No sé si se refiere a mi catarro o a mis males de espíritu. En cualquier caso, sin que yo le dé pie, comienza a elaborar un discurso intempestivo, un largo monólogo interior a lo Joyce –sin comas, sin pausa, algo desdibujado pero muy voluntarioso– sobre lo divino y lo humano. Y cuando comprueba que no le sigo la corriente (ya he hablado demasiado por hoy), hace un quiebro e introduce en su parrafada el tema del ébola, que –ella cree, adivinándome hipocondríaco– será de mi interés.
–No se preocupe usted –digo con tono neutro, el mismo tono apático que el doctor ha usado conmigo hace apenas un cuarto de hora–: de algo hay que morir. Es más, yo ya estoy muerto.
La mujer abre la boca para protestar, pero se lo piensa y calla:
–15 euros –sentencia por fin, enfadada.
Pago mis drogas legales y abandono la farmacia.
Ya en casa, bendito hospital, doy cuenta del paracetamol, del jarabe, del antibiótico… El niño duerme, mi mujer duerme, Betty y Vilma me saludan efusivamente pero me notan tan cansado (no habrá paseo ahora, intuyen) que también se echan a dormir. ¡Esto es una oportunidad de oro: la casa dormida!
Me vendrá bien cierto respiro: debo seguir rememorando mi vida en el útero de mi santa madre en aquella época maravillosa en la que yo aún no había comenzado a vestirme.

Francisco Rodríguez Criado (NarrativaBreve.com)

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Creo que debo hacer algún comentario respecto a esta singular película de James Cameron. He encontrado visiones contrapuestas entre los críticos e incluso entre familiares y amigos. A nadie deja indiferente y el número de espectadores es una prueba de su atracción. Para empezar, era la primera vez que veía una película en 3 D y quizá sea la más apropiada para ello. Los efectos especiales son prodigiosos y la naturaleza del supuesto planeta, inmejorable. La historia es creíble y con mensaje. Puede que nos tengamos que acostumbrar a este tipo de arte, como nos pasó con la pintura y las vanguardias, pero ni me parece una obra maestra, como dicen algunos, porque le sobra un poco de acción trepidante, ni creo que sea una nadería de la que nos olvidaremos dentro de unos meses, como dicen otros.

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Retorno a los orígenes

Para las personas iluminadas, la simplicidad es superior al refinamiento y la libertad preferible al cumplimiento de las formas.

El carácter se afila en las dificultades.

Las maravillas y las rarezas no son características de las personas realizadas, las personas realizadas son simplemente normales.

Vigila en el éxito y no te desesperes en el fracaso.

Vivir con sinceridad y armonía, y promover la comunicación alegre y amistosa es más elevado que la práctica de la meditación.

Ni compulsivo ni indiferente. Se debe tener un espíritu vivo en medio de la tranquilidad.

El éxito no es necesario. No busques la gratitud de los demás, así no estarás resentido.

Si la sobriedad y simplicidade son exageradas, ni ayudarás a los demás ni te aportarán alegría.

Evita menospreciar a los débiles y sé cortés sin servilismo con los poderosos.

No te dejes invadir por los deseos ni bloquear por los sentimientos, entra en la compasión del mundo y goza de la vida.

Quienes son realmente virtuosos, no son conocidos por su virtud.

En la mente comprometida que se esfuerza con pesar, siempre se encuenta alguna alegría.

Si la mente está iluminada, existe un cielo azul en una habitación pequeña.

Huanchu Daoren

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Necesidad de afecto

 Sucedió en el asilo donde mi amiga Fernanda, sonrisa en ristre, acudía algunas tardes al mes para visitar a una tía de su madre. Era a esa hora en la que las hermanas de la caridad acababan de repartir el café con leche y las galletas de costumbre. Desde que Fernanda entraba por la puerta, una ola de afecto se instalaba en la gran sala de estar. Todas las ancianas esperaban su saludo, el contacto de sus manos, el roce de su cara, sus besos y sus palabras cariñosas; no en vano todos formaban una gran familia que se necesitaba mutuamente. Esa tarde a la que me refiero, había llegado una residente nueva que permanecía callada en un rincón; al parecer, no esperaba a nadie en la hora de las visitas y su mirada se perdía en un punto lejano del ventanal. Fernanda, atenta, se fijó en ella y, sin saber por qué, algo le atrajo de aquella mujer solitaria y, después de presentarse, se fundió con ella en un largo abrazo. Cuando se apartaron, Fernanda vio que la mujer estaba llorando y le preguntó por qué lo hacía, y aquella señora mayor le respondió con la voz entrecortada que nunca la habían abrazado en la vida, que sus padres no la quisieron, que ningún hombre la había pretendido y que, por favor, no dejara nunca de ir por allí, que ella la estaría esperando en su sillón apartado.

José Rincón

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Sobre literatura

Estar herido por la literatura convierte a la víctima en un alunado, en un ser que no tiene los pies en la tierra y que resulta poco útil en las batallas de la realidad. […] Lo que un escritor debía ser capaz de explicar, y de contagiar, era el sentimiento que provoca en el ser humano el color de las tardes, la lealtad matutina del sol, la vigilancia de la luna, los nuevos brotes de las hojas en las ramas de los árboles, la paciencia de los ríos o los viajes en tren, de un país a otro, de una aldea a otra, en cualquier lugar de la Tierra, pero sin olvidar que siempre hay alguien, un personaje feliz o triste, solitario o envuelto en un abrazo, enamorado o descorazonado, que mira el humo de la chimenea encima de un tejado o intuye el secreto que se guarda detrás de una ventana…

Luis García Montero

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