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Archive for the ‘Poemas’ Category

La vigilia

La sala está en penumbra.
hemos ido pasándonos la luz de mano en mano,
de corazón en corazón,
como si todavía no hubiésemos hallado las palabras.

Sepultado a lo lejos por un cielo
con vocación de olvido al que le sobran
todas las estrellas,
el suelo de la noche está cubierto
por el agua de los olivos.

El hielo en las campanas,
las manchas amarillas en los muros
por la ausencia de luz, el incipiente
crecimiento del moho. Como aquellos
que han consumido todo
lo que aún les quedaba de la vida,
sólo nos conocemos por las manos, por los restos de cera.

Sobre la mesa, el agua derramada,
las bienaventuranzas,
lo que tú y yo sabemos de la sed.
Alrededor de ella, con las manos cruzadas
como cuando se espera,
el grupo de mujeres que en silencio
va llenando la casa de preguntas.

Muchachas que jugaron con la luz de los pórticos
y ahora son ancianas con los ojos de niña.

El peso en la miradas, la vigilia
que nos deja en los ojos un puñado de piedras,
el pequeño consuelo de una lágrima.

Alguien eleva al fondo
Una antigua plegaria sobre la noche de los cedros.
No hay dolor en los labios de la muchacha muerta.
Nadie apaga la luz, nadie la toca.

Basilio Sánchez

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No te vayas, tiempo

No te vayas, tiempo,
déjame el amor de mi madre,
todos sus cuidados y desvelos,
todo lo que ella se quitó de la boca
para dárnoslo a nosotros.

No te vayas, tiempo,
quédate en un recodo del alma,
no te lleves a esa mujer
que permaneció a nuestro lado
sólo para hacerse querer.

No te vayas, tiempo,
quédate por aquí cerca
al alcance de la mano
para poder tocar todas las cosas
que nos hicieron soñar.

No te vayas, tiempo,
déjame todos esos recuerdos,
toda esa gente amable
que nos acompañó en el camino
e hicieron el mundo un poco mejor.

José Sánchez Rincón

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Maternidad

Cada mañana, a solas,
antes de que regresen los bañistas,
de que empiecen a posarse los pájaros
sobre la arena fina,
puramente geológica,
que el aire de la noche ha ido cerniendo,
la vemos por la orilla recolectando conchas,
cristalillos pulidos,
escamas transparentes
que dejan en sus manos un rescoldo violeta:
la brasa aún no encendida
de esa forma sumaria de la luz con la que irrumpe,
desde sus fundiciones,
un sol recién nacido que bebe silencioso
de la leche del mar.

Basilio Sánchez

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El aljibe

Visitando el aljibe con mi padre,
el agua era tan densa, parecía tan compacta,
que creí que era ese
el motivo por el que las columnas
de aquellos viejos arcos musulmanes
aún estaban en pie.

Ya es demasiado tarde para todo.
Nos pasamos la vida regresando,
pero ya no tenemos la dirección de nuestra casa
y cuando preguntamos
nadie nos reconoce.

El tiempo no destruye, nos sepulta.
Más que reconstruir,
lo que necesitamos es un punto de apoyo,
un brazo de palanca, algo que nos permita
liberar lo vivido del peso inamovible de lo eterno.

De esta oscura presencia,
de esta vida que lata silenciosa
en las capas profundas del sentido,
¿cuánta se nos devuelve por el ojo de aguja del poema?
¿Qué queda de verdad en todo esto
que lo mismo se expone que se oculta
bajo la negligencia del recuerdo?
Y si no hubiese nada,
si resultase falso lo que aflora, ¿dónde encontrar la grieta,
la cesura invisible. El transparente
camino hacia lo hondo?

Basilio Sánchez

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El filósofo de los callejones

1
¿Díme tú, dolor ̶ preguntaba aquel filósofo de los callejones suburbiales
sentado tras una plancha de cartón̶ si ahora que voy tan pobre y sin refugio
y con los ojos viejos como el color del cielo
no es tiempo ya que te olvides de mí?

¿Dime tú, que eres la única forma de conciencia
por la que pienso las cosas, si no es inútil habitar este frío,
si no es inútil huir constantemente de lo que creo que soy
o que no soy, acaso aquello de lo que sea un estado
de mi propia muerte o una forma distinta de vivir?

En el cartón había escrito la historia de su vida con inverosímiles
incorrecciones ortográficas y dejaba adivinar
lo permeable de las fronteras entre ser y dejar de ser.
Las tiendas estaban dormidas, las gentes rodaban de las franquicias
de comida rápida a los bazares de diversión oliendo a tierra húmeda.
Una franja de nubes atravesaba el parpadeo de los semáforos en ámbar
a una velocidad ilegal.

2
Otros días se ganaba unas monedas predicando a la puerta de los restaurantes
y de los centros de estética el esoterismo de una vida feliz:
̶ Cuando sigues el curso de la vida ̶ aconsejaba̶
alimentarse es un acto espiritual:
son pastillas de proteínas, pastillas de carbohidratos,
pastillas de fibras naturales, pastillas de ácido fólico
y vitaminas C y E,
ni sal, ni grasas, ni azúcar,
sólo meditaciones, búsqueda interior, serenidad.
Cuando sigues el curso de la vida
es decisivo el rejuvenecimiento celular,
la absorción de oxígeno, el prodigio
de los extractos vegetales. Una mente limpia,
la escucha de la música del corazón.
Y la gente, tan ávida de nuevos visionarios,
de nuevas mitologías, de modernos soñadores
encontraba sensato el mensaje de sus palabras.

Pero no era ni un filósofo existencialista,
ni un profeta de la vida sana.
Nadie sabía quién era, ni por qué representaba aquello:
aquellas metamorfosis interiores, aquellos cambios
de personalidad, aquella conciencia huidas
que es todo y nada al mismo tiempo,
el sueño de todo que nadie soñaba.
Después se sentaba junto a jóvenes ociosos
a beber whisky en vasos de papel,
y el alcohol aullaba en sus venas
como una ambulancia en una calle tranquila.
Tal vez buscaba más allá
de los rituales humanos carentes de algún juicio
unas formas acabadas y perfectas de existencia.
Y su yo no le servía.
¿Acaso, se decía a sí mismo, no soy yo la trampa
que voy creando al vivir?
¿Acaso no huyo de mi nombre, de cualquier
nombre, por las aceras de este suburbio
y vago por estos callejones,
que aman las drogas y la muerte,
para no saber de mí?

3
Olvidaba el malestar consigo mismo
olvidando el pensamiento, las dimensiones enfermas de su alma
dándose una nueva oportunidad de estar allí,
de seguir celebrando aquel estado en que las cosas
más corrientes no se convertían en terribles metáforas,
en que las cosas y los seres no eran ya sus enemigos.

Tenía miedo de él, de lo que se escondía
dentro de él, y le aterraba la muerte.

Y aquella noche el frío y la codicia de los hielos
le recordaron toda su fragilidad.
Miró las palomas en las desnudas ramas de las acacias
como jirones de ropa vieja. Anduvo sin rumbo
y se refugió en cualquier sitio,
tal vez sólo el calor de su respiración.
En las oscuridades últimas de la noche, cuando la nieve
había ocultado ya la extensión de las aceras y el viento se reía
entre las elevadas estructuras de apartamentos con humorísticas carcajadas,
encontró una solo idea que le dio paz, sencilla como él,
algo que le reconciliaba.
Y entre sus labios se dijo, como un susurro:
yo soy sólo una sombra
que pide humildemente limosna a otras sombras
y que al extender la mano con temblor
(la misma mano con que a veces
reconozco las formas de mi rostro,
con que doy de comer a los gorriones callejeros
y les construyo casitas de madera,
con que me guío, antes de dormirme, en la lectura
de los aforismos de Marco Aurelio)
encuentro toda la claridad del mundo.

Diego Doncel

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Deben ser así los dominios de la muerte
como esta casa abandonada, fuera de la ciudad,
y como en ella debe crecer la niebla
húmeda y oscura junto al jardín
en ruinas, y una noche sin tiempo
ir dejando su moho de lepra
en las paredes. Oler a polvo y hojas
corrompidas, a excrementos humanos
entre la tierra negra cuando abre el portón
y empiece el cuerpo a caminar su frío,
y la humedad a hozar sobre la carne
y a convertirla en sombra. Sólo sombras
debe haber, iguales a la vida, en los dominios
de la muerte, sombras o nada, ni conciencia
ni tiempo, presencia dura de la tierra
que a todo ser y a toda muerte sobrevive.
Y debe estar el cielo tan negro como ahora
y desierto ir el aire por las sórdidas nubes
que ensucian las estrellas…

Diego Doncel (Malpartida de Cáceres)

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No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti

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