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Archive for the ‘Poemas’ Category

En memoria de Ángel Nieto

Una moto corre sola en la noche
llena de rabia y tristeza
trazando las curvas con pericia
y enfilando las rectas a gran velocidad.

Ella huele a gasolina y a circuitos,
a gloria y laureles de podio,
y a un piloto listo que disfrutaba las victorias
mostrando una amplia sonrisa.

Algunos creen que es un Ángel que pasa,
otros, que es una estrella fugaz,
pero es sólo una moto recordando a su dueño,
una persona llana y sencilla
con unas ganas locas de agradar.

Una moto corre sola en la noche,
después de tantos triunfos logrados
y una despedida imprevista,
pero enseguida se ha dado cuenta
de que lleva a rebufo
un montón de amigos detrás.

José Sánchez Rincón

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La dulce boca que a gustar convida
Un humor entre perlas distilado,
Y a no invidiar aquel licor sagrado
Que a Júpiter ministra el garzón de Ida,

Amantes, no toquéis, si queréis vida;
Porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
Cual entre flor y flor sierpe escondida.

No os engañen las rosas que a la Aurora
Diréis que, aljofaradas y olorosas
Se le cayeron del purpúreo seno;

Manzanas son de Tántalo, y no rosas,
Que pronto huyen del que incitan hora
Y sólo del Amor queda el veneno.

Luis de Góngora

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De pequeño había
un chico más alto que yo
que era mi mejor amigo.

Un día escuché decirle a otro
que su mejor amigo estaba de viaje.
Entonces me fui de viaje.

Aunque no he vuelto a verle,
sé que sigue siendo el más alto
porque yo no he crecido.

Después quise mucho a una chica
sólo un poco más bajita, no se notaba casi,
cuando iba con tacones era incómodo abrazarla,
pero entonces me agarraba de la mano.

A veces permitía que la besase un poco,
salvo al día siguiente de no poder quedar
conmigo porque “no le apetecía”,
ese era su argumento.

Pero me enteré de que esas veces se subía
desnuda sobre el cuerpo
de alguien que tenía casa propia
y una buena colección de discos.

Dejé de escuchar música y luego de besarla y luego de salir a la calle.

Ahora llevo meses diseñando una balanza
con tres brazos o más.

Una cinta métrica
que se extienda en todas direcciones.

Fernando Pérez Fernández

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Intemperie

Nadadores pintados en una cueva de Libia,
vergeles antiguos desaparecidos
en medio de lo que hoy es un desierto.

Caminos borrosos hollados por el nómada.
Tiendas desde donde escuchar el viento
bajo el cobijo de las mantas.

Cubos y aristas de los edificios,
salto al vacío de un mundo árido
al que consuelan jardines y fuentes.

Sol en la piel de los membrillos,
saltar las tapias de los huertos,
recuperar el mapa perdido de la niñez.

Los chicos recorren los regatos que bordean el barrio,
descargan las nubes y sería mejor regresar,
pero ellos prefieren mojarse y seguir.

Dedos ateridos, calcetines mojados,
risas y juegos azotando las calles;
vaho con el que fumarse la vida.

La noche se cierne sobre el atardecer
como la juventud se cierne sobre la infancia.

Una casa es algo más que un lugar donde recogerse,
un campo de cultivo, algo más que un paisaje.

El granizo brillante de los copos
cayendo desde el musgo blanco
hasta los carámbanos sobre la corriente.

Barro de las quebradas y las veredas,
bosques cubiertos de brumas,
charcos y olor a tierra mojada.

Canto de un pájaro que estremece el sendero,
cantiles surcados por las rapaces,
cachorros indefensos ante los carnívoros.

Rumor desapacible de la tormenta;
ráfagas que arrastran las velas humedecidas
de una tarde cualquiera en una taberna.

El canalón es un reloj de agua para contar las horas.
Cada gota que cae sobre la ventana
es una espina que se clava en el alma
y nos hace salir a la calle.

Musical sonido del agua,
cauce de un río bucólico,
sagrada sombra de un árbol.

Neblinas que se levantan al amanecer,
campos verdes y humedad ambiente;
es el mar, que echa de menos la tierra.

Aguacero vegetal de la jungla.
Cola luminosa de las ardillas rojas
limpiando el esqueleto de las coníferas.

Hojas que se despiden de nosotros girando en el aire
para caer inertes al suelo de un parque,
bajo los pasos de dos amantes que no se atreven a tocarse.

Viento helado a través de los ojos;
la soledad, el miedo,
la incomunicación entre los resquicios del alma.

Gente que te ametralla con su mirada
y te obliga a refugiarte en un portal.

Hay un intento de imponerlo todo a la fuerza;
personas que son perseguidas, seres que reclaman compasión,
silencios que exigen palabras.

La vida es un rompiente acechado por el temporal.
Calles solitarias y casas vacías,
arrabales y despoblados.

Necesitamos un lugar donde vivir;
la butaca de un cine, por ejemplo,
las páginas de un libro,
un pequeño cuarto confortable
o la compañía de alguien que nos quiera.

José Sánchez Rincón

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Hoy que tu belleza ilumina el espacio

con saltos, pases y lanzamientos

en una danza jovial

dentro de una cancha de juego.

Hoy que tus ojos rasgados,

la gracia de ese lunar junto a la boca

y la fuerza de tu animado rostro

sonríen a todo el mundo.

Hoy que no hay palabras

que describan adecuadamente

los sentimientos y emociones

que provocas en la gente.

Trato de imaginarte mujer madura

o serena anciana llena de recuerdos

que escribe sobre su familia y amigos

desde esa forma alegre de entender la vida.

José Sánchez Rincón

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No me cansaré nunca…

No me cansaré nunca

de mirar tus manos,

frágiles como el agua,

que vuelan con blancas alas

de palomas mensajeras,

que todo lo tocan

con suavidad y sentimiento

y me llevan muy despacio

hacia el resto de tu cuerpo.

José Rincón

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Poema de Navidad

¡Querida Mércelin!:

Estoy buscando

el tesoro de tu risa

en el baúl de mis recuerdos.

Pocas veces lo encuentro ya,

debe ser el hastío de la vida

o que te has cansado de mí;

pero cuando eso sucede

doy mil volteretas en el aire

y recupero la alegría.

Eres el árbol de Navidad

de las vacaciones,

la figurita de chocolate

entre sus tiernas hojas verdes.

Veo caer la nieve

en el parque de los arces,

con la chimenea encendida

junto a la ventana del salón.

Veo el muñeco blanco

hecho por los niños

que yo quisiera regalarte.

Y una niña pecosilla

le ha puesto una boina roja

y se aleja encantada

a jugar con sus amigas.

Si algún día te acuerdas de mí,

sonríe, por favor,

y quédate para siempre con nosotros

como un ángel del invierno,

entre el turrón de almendras,

las luces, los villancicos y el portal.

José Rincón

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