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Archive for the ‘Poemas’ Category

Los trabajos del día

El brillo de las uvas al final de la noche
como un agua estancada.

El humo, la mañana, la ciudad que se asoma
con los ojos cerrados,
amparada en el sueño, en la inocencia
suavemente fingida de los amaneceres.

El paso de las nubes sobre una paisaje inmóvil
que se va esclareciendo.

La inquietud de la savia como el roce
de la mano de un niño, como un ruido
que sube desde dentro, que amortiguan las hojas.

La luz que se refleja en la ventana y que nos hace mirar,
su pequeño destello imperceptible
sobre la santidad de la madera.

Las ramas de la acacia,
la ceniza aún caliente del espino,
el hombre que envejece sobre la misma piedra
que tú y yo colocamos
y que hemos decidido guardar para nosotros.

Es lo mismo de siempre:
el vuelo circular de las palabras
sobre todas las cosas; el trabajo,
antes de que la noche se vuelva imprescindible,
de organizar a solas, con un poco de luz,
otra vez el paisaje.

Basilio Sánchez

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Ruido de Fondo

Detrás de la ventana un hombre vela
la intimidad del agua.
Llueve como al principio de los tiempos,
Como si tú y yo aún no existiéramos.

Hemos envejecido.

Los muebles, los objetos,
suspendidos aún, apenas arden
bajo nuestra mirada; sólo el ruido del agua
se eleva imperceptible ante las puertas
de esta ciudad que duerme
con luces encendidas para que nada evoque
sus sombras familiares.

En todos estos años
ha habido tantos muertos,
tanta desproporción, tanta memoria
condenada al fracaso.

Hemos envejecido,
lo supe en el momento en que empezábamos
a espaciar las palabras, a buscarnos
precipitadamente entre la multitud. Sobre la mesa,
apenas unos libros: los del agua,
que humedecen las manos destinadas al fuego;
los libros de la tierra;
los del descendimiento, los que he escrito
bajo la incertidumbre de una lámpara.

Hemos envejecido: nuestra vida
se extiende desde ahora en el sentido contrario.
¿No era ésta
la grandeza del hombre?

Las imágenes
de nuestra juventud tenían los ojos
del color de la tierra y nos miraban
con un temor profundo, como si el alimento
llevara en nuestras manos
una sombra de duda, algún indicio
de la depredación.

Ahora tengo temor a no encontrarnos,
a no hallar nuestras huellas.

¿Qué será de nosotros, quién al cabo
de unos años tan sólo podrá sobrevivir a este silencio
que ahora se prolonga, que se extiende
más allá de la duda?

Tras el fuego nocturno
La mañana era una hoguera extinguida.

Así, mientras la lluvia
se deshace en el suelo, recordamos
los rostros familiares, sus diminutos fuegos, su certeza
resistente a la noche. Lentamente
la casa recupera
nuestra antigua mirada y rescatamos,
de las pequeñas muertes, las pequeñas imágenes.

He vuelto varias veces; probablemente todo
radique simplemente en este íntimo
paisaje que regresa, con diferentes formas, a lo largo
de una única vida.

Hemos envejecido para tener memoria.

Es ésta su grandeza y su probable miseria,
este destello último
sobre los viejos rostros, la ropa abandonada,
esa ciudad que duerme
con todos sus murmullos para no olvidar nunca.

Basilio Sánchez

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El arte de ser

El paso de las horas
hará girar la sombra de la acacia
sobre su mismo centro: éste es el sitio,
este lugar visible desde los corazones de los hombres.

Inmensa, frente a mí, como una imagen
surgida lentamente de una página oculta en algún texto
que no fue destruido,
la tierra del pasado, de la luz incesante,
de las dulces mujeres del espíritu.

Hay una soledad que se percibe, que se instala
suavemente en el aire y lo equilibra;
hay un silencio antiguo
que se otorga a la vez en cada ángulo,
en cada nueva hoja desprendida al azar, en cada una
de las imperfecciones que los cielos protegen
en sus oscuros límites.

Llegar, desposeernos,
dejar después que el tiempo nos vaya dando forma,
nos declare inocentes.

Basilio Sánchez

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Formas de la memoria

Quién ha vuelto a esta casa, quién asoma
de nuevo a la ventana y aquí deja su voz,
entrega sus contornos,
su paz y su locura.

La infancia de los barcos,
la infancia de los hombres que regresan
bajo la luz del agua, los ausentes,
los hijos de sus hijos;
la infancia de la lluvia, la del árbol que es rojo
o es tibio y es dorado por la sal de los peces,
la que mira al crepúsculo
más lento de la tierra.

La infancia de los ojos, la tristeza
profunda de los días junto al acantilado,
donde un río de agua dulce precipita, definitivamente,
la llama de las lámparas, donde por vez primera
bajo el sol del Atlántico se instala
la visión de la muerte.

Esta extensión de arena
que el verano ha creado para gozo
de todas sus criaturas, la fragancia
de los bosques marítimos en cuya perfección crece la honda
soledad de la tarde, la ley de las mareas.

Quién ha vuelto a esta casa,
quién ha vivido entonces bajo este mismo techo
que ahora cubren las hojas y el fruto de los años,
qué hombre he sido antes.

Basilio Sánchez

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Los días paralelos

Quedan días aún bajo la lenta
migración de los hombres, bajo la sombra roja que los une,
su temblor silencioso.

La tarde fue larga.
Luego el tedio, la visión de la nieve
llevando la pobreza sobre pájaros blancos,
sumiendo bajo el peso
constante de la tierra la quietud de los justos,
las amapolas íntimas.

Pero hemos madurado: en nuestros ojos
viven ya las mujeres
que lavan a sus muertos con el agua de lluvia
sin otra perfección que la memoria, su oración descifrable.

Los caminos azules nos conducen en círculo.
¿Quién no ha tenido al menos una vez en la vida
propensión al olvido?

Basilio Sánchez

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Lo que queda

De mi vidas conozco algunos setos
y decenas de flores ligeramente pálidas,
sus pequeños destellos infalibles.

En esta luz muy tenue, en este espacio
para la certidumbre donde nada sucede, desprovisto
del fuego de la casa y conciliado
definitivamente
con el hombre que he sido, miro ahora mi sombra
proyectada en el suelo, lo que guardo del día.

Procedo de unas aguas ficticias,
de un río caudaloso.

No es que fuéramos tristes: habíamos adquirido
de la misma manera la medida
de nuestra eternidad y la profunda
certeza de perderla.

Poco a poco los años, la nostalgia,
las nevadas nocturnas,
caían sobre nosotros.

Convocados entonces por la llama
transparente del miedo
nos mirábamos
cogidos de la mano mientras permanecíamos
sentados a la mesa en silencio,
a unos pasos tan sólo de la puerta
que muy pronto nos abriría el crepúsculo.

Nada se resistía en nosotros a esta última
declinación dolorosa,
a este sentido trágico que habíamos mantenido desde siempre
y sobre el que fundamos, con el paso del tiempo,
toda nuestra memoria.

Era un presentimiento,
un abandono íntimo a la idea de la pérdida
como forma de vida;
la imagen de la nieve cegando las ventanas, invadiendo
precipitadamente los huecos de la casa, los rincones
de esta habitación en la que intuyo
que no he vivido nunca.

Ha pasado el tiempo.

Nos hemos hecho viejos y ahora miro
la sombra cuyas manos apacientan los días,
miro el centro del mundo,
este paisaje tibio que la luz ha excavado.

Y me miro a mí mismo, y entre mis manos tomo
las llamas diminutas
que me hicieron visible y me pregunto
si todo no procede
de una piedra escindida, si este largo camino
servirá para algo, si estas pequeñas flores
que han surgido de pronto me dejarán al menos
vivir con dignidad.

Basilio Sánchez

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La piedad

Hemos velado hasta el amanecer
alrededor del humo
de unas cuantas palabras
que han ido consumiéndose.

De la misma manera
que el humo se entrelaza por encima
de los vasos de vidrio,
sobre nuestros murmullos y sobre los deseos
que son sólo ceniza, ahora lo imposible
fluye bajo los arcos de esta casa cerrada
y un cielo improvisado, generoso,
baja hasta nuestras manos,
nos protege en el sueño de todas las preguntas.

Después de tantos muertos, todavía
centellea la escarcha en las ventanas
de los que estamos vivos.
Después de tanta noche, la claridad de siempre,
los pequeños cristales, la zozobra
paciente, vulnerable, de la primera luz.

Hay una tierra antigua en cada uno
que es a la vez oscura y luminosa,
hecha a nuestra medida, de la naturaleza
de nuestros pensamientos. Hay un poco de hielo
que se hace y deshace delante de nosotros
en las habitaciones que cruzamos.

Como sale a la calle
una mujer de ojos soñolientos
que nunca supo nada de la larga
travesía de sus hijos,
va comenzando el día,
se va acercando un tiempo que incumbe al corazón.

Basilio Sánchez

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